Acapulco no se construye solo: la juventud como base del nuevo pacto comunitario

Porque gobernar para las juventudes significa reconocerlas como protagonistas de la del tejido social y como una generación capaz de transformar su entorno cuando existen condiciones para hacerlo.

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Irugami-Perea-Cruz-20260508.png(El Heraldo de México)

Crecer en Acapulco significa reconocer que el puerto vive de su gente y que su futuro depende de cuánto seamos capaces de cuidar a quienes hoy son adolescentes y jóvenes en cada colonia. Quienes hemos caminado las calles de Ciudad Renacimiento, La Sabana, Zapata y El Coloso sabemos que la juventud acapulqueña no carece de talento ni de ganas; lo que ha faltado es un Estado que llegue a tiempo, antes de que la falta de oportunidades se convierta en una puerta abierta para la violencia o el abandono escolar.

El arranque del programa Jóvenes Unen al Barrio, impulsado desde el Gobierno Federal, marca un momento que merece leerse con detenimiento. No se trata de un esfuerzo aislado, sino de la materialización de una política de construcción de paz que la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha colocado en el centro de su proyecto de gobierno, al entender que ninguna estrategia de seguridad puede sostenerse si no atiende las causas que la originan.

Así como hoy millones de estudiantes reciben apoyo a través de la Beca Benito Juárez o el programa Jóvenes Escribiendo el Futuro, Jóvenes Unen al Barrio es la continuación de esa misma lógica: la certeza de que la paz y la seguridad también se construyen ampliando derechos, generando comunidad y acercando oportunidades a quienes durante muchos años fueron abandonados por el Estado. Esta iniciativa se inscribe en la agenda que la Presidenta Sheinbaum ha trazado para las juventudes, un conjunto de programas que apuestan por la presencia activa del Estado en los barrios, en las escuelas y en la vida cotidiana de quienes más lo necesitan.

Porque gobernar para las juventudes significa reconocerlas como protagonistas de la del tejido social y como una generación capaz de transformar su entorno cuando existen condiciones para hacerlo.

El esquema del programa contempla ochenta horas de trabajo comunitario enfocadas en la recuperación de espacios públicos, rehabilitación de áreas comunes, creación de murales y actividades de formación cívica, cultural y social; además de un apoyo mensual de cuatro mil pesos y la posibilidad de concluir estudios de primaria, secundaria o bachillerato. No se trata únicamente de una transferencia económica, sino de una estrategia que apuesta por reconstruir comunidad, generar pertenencia y abrir oportunidades reales para jóvenes que durante muchos años fueron invisibilizados por las políticas públicas.

Como diputado federal, mi compromiso es acompañar esta estrategia en cada etapa de su implementación. Hace falta dar seguimiento puntual a la incorporación de las primeras brigadas juveniles que se formalizará en quince días, vigilar que el programa llegue a las colonias donde la necesidad es mayor y asegurar que los recursos aterricen sin filtros ni intermediarios.

La experiencia de Ciudad Renacimiento, donde la rehabilitación de parques y canchas ya muestra efectos visibles en la convivencia, debe servir de referencia. Lo que ahí ocurre es resultado de una política que entiende que el espacio público recuperado por las manos de los propios jóvenes construye pertenencia y reconcilia al barrio con la idea de que el Estado llega para sumar.

La paz en Acapulco no se construye desde un escritorio, se construye en la cotidianidad, en la cancha que vuelve a tener red, en la jardinera que deja de ser basurero, en el mural que cuenta la historia del barrio y en la madre que vuelve a sentir que su hijo o hija tiene un lugar al cual pertenecer después de la escuela.

Acapulco necesita seguir reconstruyéndose, sí, pero también necesita volver a creer en sus jóvenes. Y eso implica entender que cada apoyo, cada espacio público recuperado y cada oportunidad educativa forman parte de una misma visión de país donde ningún joven tenga que elegir entre el abandono y la violencia porque el Estado llegó demasiado tarde.