En un país donde todavía se duda de las capacidades de las mujeres con discapacidad, Amalia Pérez Vázquez ha levantado mucho más que pesas: ha levantado prejuicios, barreras y expectativas limitadas. Nacida el 10 de julio de 1973 en la Ciudad de México con artrogriposis múltiple congénita —una condición que limita el movimiento de sus articulaciones—, Amalia no solo se convirtió en la para-deportista más exitosa de México, sino en un ejemplo vivo de que la frontera femenina se expande incluso cuando el cuerpo parece poner límites.
Con siete medallas paralímpicas consecutivas —cuatro oros, dos platas y un bronce en París 2024—, Amalia es la única halterofilista del mundo que ha sido campeona en tres divisiones distintas. Desde su debut en Sídney 2000, donde ganó plata, hasta su trayectoria legendaria, ha demostrado que la fuerza no se mide solo en kilos, sino en la determinación de seguir adelante. Pero su historia no termina en la tarima. Amalia es madre. La maternidad, lejos de frenarla, se convirtió en motor. Después de ser mamá, regresó más fuerte, más enfocada y con una razón extra para seguir rompiendo récords.
Su inteligencia siempre fue otro pilar. Aunque las barreras de accesibilidad le complicaron el sueño de estudiar físico-matemáticas, Amalia se formó como programadora analista y ha usado su mente analítica tanto en la estrategia deportiva como en su vida diaria. Es una mujer completa: atleta de élite, madre y profesional que entiende que los números, como las pesas, responden a quien los domina con disciplina.
En un deporte que exige control absoluto del cuerpo, Amalia nos enseña que la discapacidad no define los límites, sino que invita a encontrar nuevas formas de ser poderosas. Cada vez que se sienta en la banca de competencia, no solo levanta una barra: levanta la voz de miles de mujeres que han sido subestimadas por su género, su condición o ambas. Ha abierto camino para que las niñas y jóvenes con discapacidad sueñen con ser atletas, madres, profesionales y todo lo que deseen.
Amalia Pérez no pide que la vean como “inspiración”. Prefiere que la vean como lo que es: una mujer que decidió no aceptar las fronteras que otros le trazaron. En un mundo que todavía excluye, ella incluye, empodera y levanta. Kilo a kilo, medalla a medalla, ha demostrado que la verdadera fuerza femenina radica en negarse a quedarse quieta.
Gracias, Amalia. Por recordarnos que ninguna discapacidad es más grande que la voluntad de una mujer que decide volar más alto que sus propios límites.
POR ROCÍO RODRÍGUEZ