Y entonces aparece una mujer envuelta en una sábana, camina despacio y el murmullo del aula acalla, el maestro mira el escenario, ella, con pisadas seguras llega al centro del salón, levanta las manos y la túnica cae al piso. El cuerpo desnudo de la modelo es de tez castaña, cabello largo, negro, sus formas frescas, ligeras, tonalidades y sombras van y vienen cuando sube a la mesa, voltea su rostro y no mira a nadie, su cuerpo instruido la delata, hace cada movimiento con aplomo, la seguridad de saber que su cuerpo despojado de atuendos es objeto de la mirada de un grupo de estudiantes, del maestro, es la clase de dibujo con modelo.
El maestro explica, la modelo fija su postura, equilibra su peso, los aprendices toman sus grafitos y la práctica dicta observar sin mirar el papel, los trazos deben circundar los hombros, recorren las manos, brazos, cabeza, senos, pliegues, coyunturas, tensión y, das la vuelta a la hoja, ella cambia de pose y se repite la misma operación.
Y el dibujo inicia ahí, los dedos sienten la materia y la forma, la mirada responde a un motivo racional de ver y seguir el contorno que se pierde en desproporciones y figuras amorfas que quieren atrapar el cuerpo de la modelo. Estoy atento a lo que hacen mis manos, conecto mi retina a los dedos, el trozo de carbón debe comunicar la forma viva, quiero proporción y pierdo tiempo, pienso, grave error, las poses cambiantes hablan, no estoy imitando, debo echar líneas rápidas, soltar la mano, atrapar la percepción, no la razón.
Y en ese vaivén me percato de una imperceptible respiración, ella está ahí, yo acá, no es un jarrón, un frutero o una silla, ella está viva, silueta de mujer desnuda que descoloca mi tarea, interrumpo mi ejercicio y me quedo impávido, las manos entumecidas, mi piel se eriza, en mi imaginación intercambio nuestros lugares, me veo ahí, sin ropa, con mis genitales reducidos o escondidos de pavor, sentirme expuesto me genera temor, la desnudez primigenia que a diario escondemos.
¿Qué observa una modelo cuando el pintor traza su cuerpo sobre el papel?, ¿Qué piensa?, ¿Qué siente?; no es un objeto inanimado, vestida de piel su rostro congelado nos observa, sus articulaciones duelen, el vértigo del cansancio, la eterna sesión que para el pintor es faena apasionada, ¿el ego de ella vibra?, ¿él se extasía?...
Añejo oficio cargado de leyendas, recreo en mi mente pintores enamorados y embriagados de insomnio, musas reales e imaginarias, poemas de color y obras de arte desconocidas. La modelo es un misterio, no es una venus ni mujer renacentista; su cuerpo es un escampado de colinas, abismos, grutas misteriosas, crisol de sueños nunca narrados, el pintor la posee sobre el lienzo, tiene con su cuerpo un orgasmo bañado de pigmentos, no es la silueta perfecta, es el volumen y la textura, la sombra y la llanura del vientre, erguidos mascarones de una proa, senos enhiestos, labios que besan el pincel del pintor, la modelo y el pintor son una mancuerna íntima, obscura, de ella salen obras que corren y se alejan, ella, inmóvil, queda eternizada por sus manos.
**Obra: Pablo Picasso (1881-1973). “El pintor y la modelo” (1963) / óleo sobre lienzo 130 x 161 cm / Colección Museo Nacional de Arte Reina Sofia, Madrid
POR FRANCISCO MORENO
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