Historias de cuidado

La crisis de cuidados no llegará en el futuro. Ya está aquí. Tiene nombre, rostro, dirección y una rutina agotadora que empieza todos los días antes de que amanezca

Columna Invitada
Columna Invitada
Royfid Torres González / Columna invitada / El Heraldo de México
Royfid Torres González / Columna invitada / El Heraldo de México(Heraldo de México)

Hay historias que rara vez llegan a una tribuna, a una oficina pública o a una mesa donde se toman decisiones. No aparecen en los informes de gobierno, no se miden en los indicadores de productividad y casi nunca forman parte de las prioridades presupuestales. Y, sin embargo, estas historias se repiten en millones de hogares y sostienen la vida de esta ciudad todos los días.

Durante los últimos meses he recorrido distintas zonas de la periferia de la Ciudad de México escuchando historias que tienen algo en común: mujeres que un día dejaron de planear su vida para empezar a sostener la de alguien más.

Quiero aprovechar este espacio que me ha permitido El Heraldo, y agradeciendo la oportunidad que se me otorga, compartir estas historias, historias de cuidado que se viven todos los días en nuestra ciudad.

En Cuajimalpa escuché a una mujer contar cómo, desde hace años, organiza cada minuto de su vida alrededor del cuidado de un familiar con una condición de salud compleja. Su rutina empieza antes del amanecer y termina cuando todos duermen, aunque la realidad es que nunca termina. Ya no recuerda la última vez que tuvo un empleo formal, la última vez que salió con amigas, la última vez que pensó en ella misma sin culpa.

En Milpa Alta otra mujer dijo algo que no he podido sacar de mi cabeza: “Yo no sabía que estaba cuidando hasta que me di cuenta de que ya no tenía vida propia”. Lo mencionó sin dramatismo, casi con resignación. Como quien entiende que nos acostumbramos a llamar amor a lo que muchas veces también es agotamiento, abandono y renuncia en soledad, en comunidades que tardan hasta tres horas en llegar al centro de esta ciudad y que me atrevo a señalar que nunca, se voltean a ver.

En Tlalpan apareció otra constante: madres que dejaron estudios, empleos y proyectos personales para atender a hijas, hijos o familiares que requieren apoyos permanentes, mientras el Estado observa desde lejos, como si el cuidado siguiera siendo un asunto privado y no una responsabilidad pública.

Y en Gustavo A. Madero escuché quizá una de las frases más duras de este recorrido: “Yo cuido a todos, pero nadie ha preguntado quién me cuida a mí”.

Así se resume la enorme deuda que tenemos con millones de mujeres, que muchas de ellas desde niñas tuvieron que asumir estas tareas. Porque detrás de cada una de estas historias, hay abandono del gobierno, hay negligencia en atender las necesidades de quienes habitamos la ciudad y si hablamos de la periferia, el olvido y la soledad es aún mayor.

Durante años hemos sostenido la idea de que cuidar es una responsabilidad individual, familiar y casi siempre femenina. Pero la verdad es otra: cuidar es una responsabilidad colectiva. De las familias, sí. Pero también de las empresas, de las comunidades y, sobre todo, del Estado.

La realidad es que cuando una mujer deja de estudiar para cuidar, el país pierde talento. Cuando deja de trabajar para cuidar, pierde ingresos y autonomía. Cuando posterga su salud física y emocional para cuidar, estamos construyendo una crisis silenciosa que tarde o temprano nos alcanzará a todos.

La crisis de cuidados no llegará en el futuro. Ya está aquí. Tiene nombre, rostro, dirección y una rutina agotadora que empieza todos los días antes de que amanezca.

Y mientras seguimos volteando a otro lado, millones de mujeres siguen sosteniendo solas lo que deberíamos sostener entre todos.

Por Royfid Torres González

Coordinador de la Bancada Naranja en el Congreso de la CDMX

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