El día de las madres conmemora el ejercicio de maternidades, de presencias y de crianzas, me atrevería a señalar, tal vez de forma temeraria que no siempre por elección, más bien como una imposición derivada del modelo social y cultural, aunque debería comprenderse como una experiencia de la plenitud del ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos y del proyecto de vida de una persona, en algunos casos se asume como una consecuencia de falta de información, con implicaciones que atraviesan todo el trayecto de la vida, el ejercido de la maternidad es visible en la sociedad pero bajo el halo de los estereotipos, por lo que es necesario considerarse desde un enfoque crítico de derechos humanos.
Si bien el feminismo ha promovido de forma decidida y por qué no, revolucionaria, la deconstrucción social de estereotipos de género apoyados en el modelo que colocaron en un lugar central a los hombres y de forma periférica a las mujeres, en el sistema de cuidados, sí otorga un espacio central a las madres de familia como principales sujetos que ejercen asistencia, ha posicionado a las mujeres en esa calidad en más de una vez por obligación bajo la idea del mandato patriarcal que se colma cuando una mujer se convierte en madre, sin considerar su decisión y autonomía, también bajo una imagen desdibujada de la realidad, más bien aspiracional, romántica, idealista, las madres amorosas, presentes, abnegadas y sufridas, las que siempre esperan y dan todo, que asumen de forma satisfactoria las encomiendas de la vida más que por decisión por deber u obligación, no consideran la fragmentación, ni las vulnerabilidades que atraviesan las mujeres provocadas por una desigualdad material, son las culpa tenientes de las desgracias de los hijos y las responsables principales de su buen comportamiento a ellas corresponde dicha exigencia.
Esta dimensión estereotipada no considera el concepto amplio de “maternar” asociado a la crianza y cuidado que tal como se define en el diccionario va más allá de la procreación biológica, deja de lado la pluralidad que es vasta, madres migrantes, madres trabajadoras, madres solteras, jefas de familia, abuelas y tías cuidadoras, entre muchas categorías, desde luego que, la concepción de la maternidad está coligada al ideal de familia que desde una progresividad debe transitar.
Lo cierto es que dicha pretensión errática impacta de forma transversal en la vida de las mujeres y las posiciona en un espacio muy limitado de toma de decisiones, pues el punto de partida se ejecuta desde una desigualdad material que abarca una amalgama de escenarios, el trabajo, el hogar, la vida pública, la vida personal, en esos espacios vitales existe una decisión que recae en las mujeres, ¿se es madre o no?, esta pregunta en sí misma puede constituir un privilegio, pues el cuestionamiento no siempre es presente para todas.
Según cifras del INEGI, “En 2023, la tasa de fecundidad en las adolescentes hablantes de lengua indígena fue de 90.3 nacimientos por cada mil 1 mujeres de 15 a 19 años. De las mujeres adolescentes hablantes de lengua indígena, 26.6 % utilizó algún método anticonceptivo en su primera relación sexual”, conviene la formulación de sí estos embarazos fueron decisiones asumidas, o no, por ejemplo.
Por otro lado, el Estado no coadyuva a que las maternidades elegidas puedan encontrar su cauce de forma plena, pues existen pocas políticas públicas que promuevan espacios de convivencia en dos dimensiones importantes para el proyecto de vida y las maternidades; el espacio laboral y, el privado y familiar que no se trata de una exigencia infundada, se trata de un genuino ejercicio de un derecho, donde convergen otra clase de libertades que involucran a la niñez, desde luego con un enfoque crítico.
Sigue existiendo una brecha económica y salarial que impacta directamente en las mujeres y que no es considerada institucionalmente donde el trabajo informal es la única posibilidad para muchas madres que permita la autonomía financiera, pero que tiene un alto costo; remuneraciones insuficientes y pocas o nulas prestaciones sociales, así como inestabilidad en el empleo.
Es relevante poner sobre la mesa todos los elementos que involucran decidir la maternidad, servicios médicos especializados, reconocer las dificultades de acceso a cuidados neonatales, autonomía económica, y desde luego la presencia de la violencia obstétrica como una forma específica de vejación de género que identifica la falta de formación adecuada de los profesionales de la salud y en donde también tiene obligaciones el Estado; en este punto, existe jurisprudencia interamericana, el caso Cristina Brítez Arce Vs Argentina identifica la importancia de la salud en las personas gestantes y la relevancia de la debida diligencia, esta misma debe reconocerse desde el embarazo, parto y posparto.
También es cierto que la maternidad es un proyecto completo de vida cuyo impacto atraviesa todas las etapas y dimensiones de la vida de una persona, es urgente superar la concepción biológica de “ser madres” asociada a los cuerpos, maternar es mucho más que el alumbramiento, es crianza, apoyo, decisión y desde luego cuidados no siempre reconocidos, distribuidos y menos aún, remunerados.
POR FABIOLA MARTÍNEZ RAMÍREZ
Mamá de Mateo y Mariana y Directora del Departamento Regional de Derecho, Región CDMX, Tec de Monterrey
MAAZ