Cuando Joselo Rangel (Minatitlán, Veracruz, 1967) llegó de su pueblo natal a vivir a la Ciudad de México sintió pavor: “Fue un shock muy fuerte, pasar de vivir en una colonia petrolera, llena de árboles frutales y con amigos, a llegar a la selva de concreto donde hacía frío y llovía. Además, me metieron mucho miedo: me dijeron que en el DF había pandillas y que me iba a meter a una. Mejor me quedé encerrado en mi casa todo el tiempo”.
El fundador de la banda Café Tacvba y sus hermanos habían nacido en Veracruz porque su padre trabajaba en Pemex, “pero el ruido de la refinería le lastimó uno de los oídos y se quedó sordo, entonces lo trasladaron a las oficinas en Marina Nacional y nos fuimos a vivir a la zona de Satélite”. Con la sacudida del cambio, Joselo se volvió lector en el autoencierro y comenzó no sólo a escribir, sino a soñar con que sería escritor.
Pero en la década de los 70 la ciudad era otra y en Satélite “no había una casa de la cultura, no existía nada de eso, era más una visión como gringa del mundo”. De lo contrario, piensa, antes que a la música, habría llegado a la literatura.
El reencuentro con la escritura llegó años después en la UAM-Azcapotzalco, donde en vez de frecuentar a los que estudiaban Diseño industrial como él, empezó a juntarse con los de Sociología: “Descubrí que había talleres literarios y entré a dos o tres talleres de cuento. Un día me di cuenta que si quería escribir tenía que hacerlo más seguido, pero bueno, antes llegó la música”.
Si bien la pasión de Joselo se volcó hacía el rock, nunca dejó de ser lector, pero no fue sino hasta que lo invitaron a escribir una columna en un periódico cuando volvió a la escritura. Con la presión semanal de su colaboración, dice, adquirió oficio y comenzó a escribir cuentos que publicaba en un blog. Así nació su primer libro de relatos. Desde entonces han pasado más de diez años y el músico está de regreso con una segunda reunión de historias.
“Final feliz” (Seix Barral, 2026) reúne una docena de relatos donde lo real se confunde con lo alucinante y convergen, con humor agudo e ironía punzante, temas que incluyen a la familia, la fe, los milagros, las relaciones maritales, el deseo o el alucin. “Me gusta pensar en el juego, muchos de los cuentos nacen de decir ‘¿qué pasaría si...?’, es un juego mental, un juego de imaginación, en los cuentos se nota que me gusta jugar, cambiar la realidad y hacer estos twists. Me la paso bien escribiendo”.
Joselo cuenta que Sergio Arau, el exBotellita de Jerez, siempre le dice que sus cuentos son historias abiertas que pueden continuar y derivar en una novela o una película. A él, sin embargo, le gusta pensar en ellos como “una semilla que llega a la mente, con la que el lector se queda pensando un rato en lo qué puede pasar, como autor eso es un halago porque le sembré algo a esa persona, el lector no es pasivo, sino que también es activo. Me gusta ese tipo de lecturas”.
El autor confiesa que más que lector de cuentos es asiduo de las novelas y que comenzó con las de ciencia ficción. Aún así, “se me da el cuento y creo que es porque escribo canciones, las canciones se asemejan a los cuentos, son cortas y tienen que ir directas, así es como yo percibo al cuento. Hay cuentistas que me fascinan, pienso en Raymond Carver, me encanta Bukowski, Ray Bradbury, Etgar Keret, me encantan los juegos que hace con la realidad… y bueno, Cortázar, Villoro como cuentista también me encanta”.
Irremediablemente identificado con la banda que creó junto con su hermano y Rubén Albarrán, Joselo no piensa alejarse más de las letras: “Quiero llegar hasta lo más posible, ganar premios literarios si se puede, quiero seguir mejorando mi forma de escribir, quiero seguir las dos cosas: Café Tacvba, la música, tengo dos discos solistas, y seguir publicando”.
“Disfruto mucho todo esto, la parte de imaginación, ir creando algo que no existía, y todo el proceso hasta llegar a esta parte y conversar sobre algo que a mí se me ocurrió, y luego llegar a los lectores, me gusta mucho. No creo que lo pueda dejar, es como una droga que no puedo dejar, igual que la música, es una droga y es difícil dejarla”.
PAL