Más que nunca, queda claro que, antes de presumir un crecimiento exponencial en su proyecto de gobierno, Morena tiene que aprender a filtrar los perfiles que ingresan a sus filas. El caso de Rubén Rocha Moya, gobernador en funciones de Sinaloa, es tan escandaloso que incluso llega a opacar otros temas que no deberíamos pasar por alto. Un ejemplo claro es el caso de Jorge Armando "N", alcalde de Tlalnepantla, Morelos, que fue detenido en flagrancia y hoy es señalado por presunto abuso sexual de un menor de 14 años.
El arresto del edil fue casi una coincidencia, pues se dio a raíz de un patrullaje de rutina en la carretera Yautepec-Tlayacapan, donde policías municipales lo sorprendieron en pleno acto criminal. Este hecho es apenas otro retrato de una descomposición política que Morelos no logra sacudirse. Jorge Armando llegó al poder bajo las siglas del PES, un partido de retórica conservadora, pero en meses recientes inició un acercamiento agresivo hacia Morena para asegurar su supervivencia política.
Aunque la dirigencia estatal del partido guinda intentó deslindarse tras la detención, las fotografías del alcalde en mítines y con liderazgos locales desmienten la distancia. El problema reside en el "chapulinazo" descontrolado que permite a personajes con instintos criminales encontrar refugio en el partido en el poder. Si un funcionario se siente con la libertad de cometer una atrocidad así a plena luz del día, es porque el sistema de complicidades le hizo creer que era intocable. Morelos, ya golpeado por los escándalos de Cuauhtémoc Blanco y una estela de corrupción en sus municipios, hoy enfrenta la vergüenza de tener a un alcalde en el Cereso de Cuautla por violar a un niño. La bandera de la "Cuarta Transformación" no puede seguir como un imán de perfiles turbios que solo buscan impunidad.
La Unión… familiar
El multihomicidio de la colonia Nueva Santa María, en Azcapotzalco, es una de las crónicas más siniestras de traición y violencia en la capital. Lo que inicialmente se indagó como un caso de cobro de piso por parte de la Unión Tepito, resultó ser un montaje meticuloso para ocultar un exterminio familiar motivado por la ambición. Emiliano, un joven de apenas 20 años, planeó el asesinato de su exnovia de 16 años y de toda su familia para saquear su hogar y, presuntamente, despojarlos de su patrimonio.
La saña del crimen rompe cualquier lógica criminal convencional. Emiliano no actuó solo; lo acompañaron sus propios hermanos en una estructura que funciona como una empresa delictiva familiar. Este grupo no solo asesinó a la pareja y a sus dos hijas menores, sino que intentó engañar a las autoridades dejando mensajes falsos del narco para desviar la atención. La captura de los agresores en el Estado de México reveló que el robo de camionetas y bienes era apenas la superficie de un plan para apropiarse de los negocios de las víctimas.
Este caso representa el fracaso de la seguridad en el entorno más íntimo. El asesino no forzó la entrada; se le permitió el paso bajo el disfraz del afecto. Emiliano utilizó su vínculo sentimental con una menor para realizar labores de inteligencia sobre los horarios y pertenencias de la familia. Es una muestra de cómo las células criminales locales han evolucionado para infiltrarse en hogares de clase media mediante la manipulación emocional. Mientras el debate público se centraba en la estigmatización por un supuesto nexo con el narco, la realidad era mucho más cercana y dolorosa: la maldad vestida de pretendiente. La saña contra la hija de 12 años y el robo de hasta el último par de zapatos confirman que estamos ante una generación de delincuentes que no conocen límites ni códigos.
POR EMILIO CALDERÓN
COLABORADOR
EEZ