Lo que debió ser la crónica de dos batallas épicas (el América-Pumas que terminó 3-3 y el Atlas-Cruz Azul que ganó la Máquina 2-3) se convirtió en el reporte de una lotería de definiciones desde los 11 pasos. Hoy los héroes no usan botines, usan auriculares; y los villanos no fallan goles, simplemente no saben interpretar un monitor.
Los cuartos de final arrancaron con intensidad electrizante y con goles de antología, pero con un sabor de boca amargo para el juego. Drama, espectáculo y, sin embargo, las crónicas no hablan de táctica ni de figuras, sino de una estadística que secuestra el espectáculo: cuatro penales en dos partidos. No es estadística, es una epidemia de interpretación.
Hoy el VAR y el criterio arbitral se han convertido en los protagonistas indeseados de una fase que debería pertenecer a los futbolistas. No estamos ante una crisis de talento, sino ante una “lotería arbitral”, en la que un roce imperceptible en cámara lenta pesa más que una jugada colectiva en los noventa minutos. Pareciera como si se estuvieran fabricando resultados desde una oficina con aire acondicionado.
El VAR, esa herramienta que nos prometió justicia, se ha convertido en el gran ladrón. Hemos pasado de admirar la estirada de un portero como las de Keylor a esperar tres minutos a que un burócrata decida si un roce fortuito es pecado capital.
Hoy las defensas que marcan temen, como la de Pumas o Atlas. La justicia arbitral no parece ciega, sino mañosa. Y ese miedo ensucia el juego. Las remontadas valen menos porque huelen a regalo administrativo. Es un hecho que los árbitros han anotado más que los delanteros.
Y duele decirlo porque el espectáculo fue brutal: cinco y seis goles, emociones hasta el final, estadios vibrando. Pero el mérito se diluye cuando sientes que el destino de una serie se define más en la mesa del VAR que en los pies de un delantero o en la inteligencia táctica de un DT.
Se está destruyendo el romanticismo de la Liguilla para sustituirlo por un reglamento de laboratorio que nadie entiende y que cambia según el color de la ca
La Comisión de Arbitraje tiene trabajo esta semana. La afición exige consistencia, no héroes con silbato. Y los jugadores merecen que sus esfuerzos se midan en la cancha, no en la revisión.
Porque si seguimos así, la próxima final la podríamos definir mejor con un sorteo de penales que con 90 minutos de futbol de verdad.
POR EDGAR VALERO BERROSPE
COLABORADOR
EEZ