En el ámbito internacional, de un tiempo reciente a la fecha hay una escena que se repite con una frecuencia inquietante y que, por repetida, ha dejado de escandalizar: se anuncian altos al fuego con lenguaje solemne, se prometen pausas tácticas en nombre de la estabilidad regional y de los derechos humanos, se invoca la diplomacia como vía de contención… y, apenas horas o días después, los mismos actores que dieron su palabra retoman operaciones, reanudan ataques o reinterpretan sus compromisos hasta volverlos irreconocibles. La secuencia se ha normalizado tanto que la verdadera anomalía ya no es la ruptura, sino la expectativa —cada vez más tenue— de que la palabra efectivamente se cumpla.
Lo que ocurre hoy en distintos frentes del mundo no puede explicarse como un fenómeno aislado ni como la conducta errática de uno u otro gobierno. En la guerra entre Rusia y Ucrania, por ejemplo, los intentos de tregua o de corredores humanitarios han sido, en más de una ocasión, frágiles acuerdos que se anuncian bajo presión internacional y se erosionan rápidamente en el terreno, ya sea por cálculos militares o por desconfianza mutua.
En Medio Oriente, la dinámica no es muy distinta: Israel ha alternado periodos de contención con operaciones militares que redefine como necesarias, mientras que actores vinculados a Palestina o a Irán hacen lo propio, diluyendo cualquier intento de convertir una pausa en estabilidad duradera.
A ello se suma el papel de Estados Unidos, de manera destacada en voz de Donald Trump, que en distintos momentos ha moderado o intensificado su participación en conflictos bajo narrativas que cambian con rapidez, así como la posición de países como Emiratos Árabes Unidos, cuya diplomacia oscila entre la mediación y la defensa de intereses estratégicos propios.
La tentación inmediata es concluir que antes la palabra de los Estados valía más, que existía una ética diplomática que hoy se ha perdido y que bastaba un compromiso público para generar certidumbre. Sin embargo, esa lectura, aunque comprensible, corre el riesgo de romantizar el pasado. La palabra nunca fue suficiente por sí misma; lo que existía era algo más robusto y, sobre todo, más exigente: un entramado internacional que hacía muy costoso incumplir los compromisos adquiridos y que, por lo tanto, incentivaba su cumplimiento.
Durante buena parte del siglo XX, incluso en contextos de alta tensión como la Guerra Fría, los compromisos estaban respaldados por equilibrios relativamente claros, por alianzas menos volátiles y por una noción de reputación que sí funcionaba como mecanismo de disciplina. Incumplir un acuerdo no sólo implicaba una ventaja táctica inmediata, sino una pérdida estratégica a mediano plazo que podía traducirse en aislamiento, sanciones o debilitamiento de la posición internacional. La palabra no era sagrada, pero estaba anclada a consecuencias medianamente previsibles y costosas.
Hoy ese andamiaje muestra fisuras evidentes. Las alianzas se han vuelto más flexibles y, en ocasiones, más oportunistas; los organismos internacionales enfrentan límites crecientes para hacer cumplir sus resoluciones; y la reputación ha perdido parte de su capacidad de condicionar el comportamiento de los Estados, sobre todo cuando entran en juego consideraciones de política interna. En ese contexto, la decisión de cumplir o no cumplir un compromiso deja de estar determinada por un marco estable y pasa a depender, en mayor medida, del cálculo inmediato de un puñado de personajes.
La política exterior, en consecuencia, ha experimentado un desplazamiento significativo: de ser una política de Estado relativamente consistente, ha pasado a convertirse, en muchos casos, en una extensión de la política doméstica. Los anuncios de alto al fuego o de desescalada no siempre buscan consolidar acuerdos duraderos, sino administrar percepciones, responder a presiones internas o ganar tiempo frente a audiencias internacionales. La palabra se emite, pero se mantiene abierta a reinterpretación.
El resultado es un cambio silencioso pero profundo en la lógica del sistema internacional. La palabra ya no organiza la acción con la misma fuerza que antes; más bien la acompaña, la matiza o incluso la justifica a posteriori. Ya no compromete en el sentido estricto del término, sino que posiciona, envía señales, abre espacios de maniobra.
En ese entorno, lo que gana peso no es el compromiso verbal, sino la capacidad material. La fuerza militar, el poder económico y la posibilidad de ejercer presión directa o indirecta comienzan a sustituir -o al menos a desplazar- a la confianza y a mecanismos multilaterales como principal forma de coordinarse entre Estados. Dicho de otro modo, importa menos lo que se promete y más lo que se puede sostener en los hechos, incluso si ello implica contradecir lo previamente dicho.
Las implicaciones de este cambio no son menores. Cuando la palabra pierde valor como instrumento de compromiso, cada acuerdo se vuelve, por definición, provisional; cada tregua, inherentemente frágil; cada negociación, susceptible de ser revertida con rapidez. La incertidumbre deja de ser una excepción y se convierte en una condición estructural.
Además, este comportamiento no se queda en las grandes potencias. Como ocurre con frecuencia en el sistema internacional, se filtra hacia abajo. Cuando los actores más influyentes relativizan sus compromisos, los demás ajustan sus expectativas y su conducta en consecuencia. La palabra se vuelve más elástica, más condicionada, más estratégica. Deja de ser límite y pasa a ser herramienta.
Para países como México, cuya estabilidad económica, comercial y política depende en buena medida de acuerdos internacionales y de la previsibilidad de sus socios, este entorno representa un desafío particular. La certidumbre —ese elemento poco visible pero esencial para la inversión, el comercio y la cooperación— se vuelve más difícil de sostener en un mundo donde cumplir no es una constante, sino una decisión contingente.
No estamos, en estricto sentido, ante líderes súbitamente menos confiables que en el pasado. Estamos ante un sistema en el que cumplir ha dejado de ser, en todos los casos, la opción más rentable desde el punto de vista político.
Y ese cambio, más que cualquier declaración aislada, es el que redefine las reglas del juego. Porque cuando la palabra deja de obligar, no sólo se debilitan los acuerdos existentes. Se debilita, también, la posibilidad de construir nuevos acuerdos sobre una base de confianza mínima.
Y en un entorno internacional donde la confianza se erosiona, lo que queda no es un vacío neutral, sino un espacio que tiende a llenarse con poder, presión y cálculo.
Un mundo donde la palabra no pesa no es, necesariamente, un mundo sin reglas. Es un mundo donde las reglas valen menos que la fuerza para imponerlas.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ