El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron bombardeos sobre Irán con dos objetivos declarados: inducir un cambio de régimen y desmantelar definitivamente el programa nuclear y de misiles balísticos de la República Islámica. El 7 de abril, pasados apenas treinta y siete días, y después de que Irán atacó con misiles todas las bases estadounidenses en la región, y cerró el estrecho de Ormuz por donde transita el 20 por ciento del petróleo del mundo, causando una crisis energética global y más inflación, Trump declaró un cese al fuego, sin alcanzar ninguno de sus objetivos.
La guerra exacerbó las tensiones ya existentes con sus aliados europeos de la OTAN, cuestionando la unidad atlántica en el momento de mayor fragilidad desde la Segunda Guerra Mundial. Los efectos de la guerra llevaron a una nueva caída en la popularidad de Trump (34% de aprobación frente a 66% que lo desaprueba) cuando solo faltan siete meses para las elecciones al Congreso en noviembre próximo. Deben estar sonando todas las alarmas entre los republicanos.
Después del fiasco, Trump está urgido de un tema con el que pueda recuperar algo de popularidad frente a su electorado. Súbitamente recordó que su Estrategia de Seguridad Nacional (diciembre 2025) subraya que la nueva prioridad de seguridad de su país es reafirmar la dominación estadounidense sobre el hemisferio occidental, negando a potencias rivales el acceso a recursos y activos estratégicos. La “Doctrina Donroe” significa la expansión de la esfera de influencia directa estadounidense, desde Groenlandia hasta Sudamérica, mediante presión diplomática, económica y, cuando se considere necesario, militar.
Cuba es el blanco más inmediato. Trump declaró que desplegará el portaaviones USS Abraham Lincoln a unos cien metros de la costa cubana. Quizá espera repetir el esquema de su exitosa operación en Venezuela. El Pentágono ya prepara planes militares, y una nueva orden ejecutiva amplió las sanciones para abarcar a cualquier empresa o individuo de cualquier país que mantenga relaciones comerciales con sectores estratégicos de la isla. Pero Cuba no es Venezuela, y Trump podría enfrentar pronto otro fiasco.
El gobierno cubano respondió convirtiendo la celebración del Primero de Mayo en una concentración de resistencia. El régimen, devastado económicamente por sus propios errores, enfrenta su mayor aislamiento en décadas, pero apuesta a que el costo político de una invasión sea demasiado alto para Estados Unidos. Es una desgracia que Trump interrumpa las conversaciones con el gobierno cubano, para alentar lo que realmente merece ese país: una reconciliación histórica entre los cubanos a ambos lados del estrecho de Florida.
Paralelamente, Trump se lanza contra México. La acusación formal del Departamento de Justicia estadounidense contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien ya solicitó licencia a su cargo, y otros nueve funcionarios ante la Corte del Distrito Sur de Nueva York, coloca a la presidenta Claudia Sheinbaum en una encrucijada. Por las señales que provienen desde Washington, debe asumirse que este no será el único caso. Vendrán otros más adelante.
Si México no colabora con la solicitud de detención y extradición, Trump podría tomar represalias, en vísperas del vencimiento de la revisión del T-MEC, prevista para julio próximo. Estados Unidos tiene enorme margen de presión sobre la economía mexicana. Pero si, en cambio, Sheinbaum opta por colaborar, sin ninguna reserva, se arriesga a una fractura con el ala dura de su partido.
El nudo gordiano tiene una salida, no exenta de riesgos. Utilizar la lección extraída del judo, y convertir la presión externa en palanca de transformación interna. La presidenta tiene la oportunidad de usar la enorme presión trumpiana, para hacer lo que de cualquier manera México necesita con urgencia, y realmente es lo más favorable para ella, su gobierno y su propio partido: limpiar de corrupción gradualmente, pero sin descanso, las filas de su movimiento, y de la política mexicana, porque corruptos hay en todos los partidos.
Puede encuadrar sus acciones dentro del derecho mexicano. Puede lanzar una cruzada moral, y política, contra la corrupción. Puede presentarla como una búsqueda de la verdad, la justicia y la defensa de la soberanía no sólo externa, también interna frente al grave avance del crimen organizado. Con este curso de acción el país saldría fortalecido, mantendría más estable la relación bilateral y protegería el T-MEC. Se convertiría en el símbolo de una generación que demostró que en México todavía es posible hacer justicia sin importar los colores partidarios del acusado. Ese sería, en efecto, su gran legado para las generaciones jóvenes, especialmente las mujeres y las niñas.
La historia del hemisferio americano en este primer cuarto del siglo XXI está siendo escrita por la confluencia de tres crisis simultáneas: la derrota estratégica de Estados Unidos en Irán, su renovada ambición histórica sobre Cuba, y la prueba de fuego anticorrupción que enfrenta México. En los tres casos, el resultado dependerá menos de la fuerza bruta que de la inteligencia política. El judo es el arte de ganar sin destruirse a uno mismo.
*MIGUEL RUIZ CABAÑAS ES DIPLOMÁTICO DE CARRERA Y PROFESOR EN EL TEC DE MONTERREY
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