Cuando se reúnan en Beijing los mandatarios de Estados Unidos, Donald Trump, y China, Xi Jinping, seguramente México no será tema en la cargada agenda bilateral entre las dos grandes superpotencias. No obstante, en la práctica nuestro país estará presente, inserto como se encuentra en diversos aspectos del entramado que vincula a los tres países.
En especial, por la forma en que se está reconfigurando la forma de “empaquetar” cuestiones específicas que hasta hace poco se buscaba compartimentalizar, para que algún diferendo en particular no “contaminara” los demás asuntos que necesariamente deben ser abordados. Por ejemplo, temas como el desarrollo tecnoeconómico, los intercambios comerciales y la seguridad a todos los niveles.
Desde el inicio de su segunda administración, el presidente Trump ha adoptado un enfoque “innovador”, aglomerando sus prioridades de política doméstica y exterior en una serie de acciones ejecutivas que no pasan por el Congreso, diversas estrategias e, incluso, doctrinas aspiracionales como la “Donroe”, que han dado paso a una nueva forma de negociar para alcanzar acuerdos. De diferente naturaleza, alcance y, en última instancia, efectividad, pero acuerdos al fin, buscando siempre que le permitan cantar algún tipo de victoria.
Un espacio singular en donde este diseño se ha manifestado es en la relación triangular que, en los hechos, sostienen EU, China y México (Liljana Arsovska, Eugenio Anguiano y Enrique Dussel Peters, “Aspectos para una agenda estratégica México-China”, Cechimex, 2024).
A diferencia del mundo de la ingeniería y la arquitectura, en donde el triángulo es considerado como una estructura muy resistente, en el de la geopolítica resulta inherentemente inestable. Esto es, porque siempre cabe la posibilidad de que dos de los involucrados en una relación triangular se agrupen en contra del tercero. Cuando las relaciones son asimétricas, como en este caso, los dos con mayor peso pueden tratar de imponerle sus condiciones al débil. Sin embargo, el “tercero en discordia” puede inclinar la balanza a favor de uno u otro y, en el mejor de los casos, obtener algo de cada interlocutor para avanzar sus propios intereses.
Puede argumentarse que dicha relación triangular entre EU, China y México inició en 2001, cuando el vecino del norte y nuestro país se alinearon para conceder el acceso del hoy gigante asiático a la Organización Mundial de Comercio —precisamente con el voto decisivo de México–. Entonces, la presunta racionalidad era que, al integrarse a organismos multilaterales como la OMC, China acabaría sujetándose a las reglas del sistema diseñado en Bretton Woods y, en el escenario más optimista, eventualmente podría iniciar una transformación democrática.
La realidad, como suele ocurrir, fue muy diferente. China aprovechó al máximo el nuevo tablero global en el que podía participar para impulsar un crecimiento económico acelerado. Lo hizo con base en un modelo de política industrial estatista, que ahora se ha vuelto un referente a emular, gracias al reciente aval del Banco Mundial; y en una agresiva política comercial, para inundar al mundo de productos a bajo costo y creciente calidad –incluyendo–, entre muchos otros, a los precursores químicos que forman parte de la crisis del fentanilo y otras drogas sintéticas, hoy una prioridad político-militar para EU.
Esa combinación propició lo que se llamó el “China shock”. Según algunos estudios, entre el año 2000 y 2012, el país asiático fue responsable de la pérdida de 60% de los empleos industriales en EU. Ahora, ya se advierte sobre el impacto del “China shock 2.0” en sectores claves de mayor valor agregado, en los que domina o compite de tú a tú con los mejores. Desde la refinación de minerales críticos, esenciales para la industria de defensa, hasta las de energías renovables, la electro automotriz, de inteligencia artificial y la robótica humanoide.
En el proceso, además, no sólo no adoptó elementos de los sistemas de gobierno democráticos, sino que propició el encumbramiento de Xi Jingpin. El dirigente ha impuesto su visión de una China capaz de rivalizar con EU y el mundo occidental en sus propios términos y, a la vez, se ha afianzado en el poder. Lo ha hecho ejerciendo un férreo control de la estructura del partido-gobierno, que ha incluido purgas sistemáticas de sus oponentes; las más recientes, en el comando militar.
Xi parecería encarnar el sueño de Donald Trump, quien ha ensalzado a su homólogo chino como ejemplo de autoridad y capacidad ejecutiva. En buena parte, por no tener que lidiar con los engorrosos requerimientos de contrapesos y rendición de cuentas que implican los sistemas de gobierno democráticos.
En todo este contexto, México está aplicando lo que aparenta ser una estrategia de libro de texto, al tratar de aprovechar los espacios bilaterales con cada uno, sin renunciar a sus principios “soberanos” para decidir lo que más le convenga. Esto se manifestó en los pírricos aranceles impuestos en diciembre pasado a países con los que no se tiene un TLC, empezando por China, que no han contribuido a la sustitución de importaciones supuestamente deseada en el marco de la revisión del TMEC. Y, a últimas fechas, también en el supuesto uso de empresas chinas para seguir canalizando “ayuda humanitaria” a Cuba, pretendiendo sacarle la vuelta a las sanciones impuestas por EU a quien mantenga tratos con la isla.
El del actual Gobierno de México es un juego muy arriesgado, por una simple razón. Mientras la relación con China tiene un margen hasta cierto punto “optativo”, por razones de la inexorable geografía y la estrecha integración social, económica, comercial y en materia de seguridad, mantener las mejores relaciones posibles con EU tiene una dimensión existencial para nuestro país.
En la cumbre de Beijing entre una aún poderosa águila estadounidense y el desafiante dragón chino, el hipersensitivo puercoespín mexicano (como lo llegó a calificar el embajador Jeffrey Davidow) no estará en la mesa de las discusiones –pero indudablemente puede ser parte del menú–.
POR CARLOS GARCÍA DE MUCHA
INTERNACIONALISTA POR EL COLMEX Y CONSULTOR EN COMUNICACIÓN ESTRATÉGICA | CGMUCHA@GMAIL.COM
PAL