Cada vez que la relación con Estados Unidos se complica, y en los últimos meses se ha complicado como pocas veces en el último siglo, resurge en México un deseo casi mítico: diversificar la política exterior, reducir la dependencia del vecino del norte, buscar en Europa, Asia o América Latina el contrapeso que nos dé mayor margen de maniobra. Es una aspiración noble. También es, en buena medida, una ilusión recurrente.
Desde que Donald Trump regresó a la presidencia en enero de 2025, México enfrenta una tormenta de grandes proporciones: amenazas arancelarias, campañas antiinmigrantes, exigencias agresivas en materia de agua y seguridad, todo enmarcado en una visión que trata a México no como socio y aliado, sino como amenaza a la seguridad nacional estadounidense. En ese clima, algunos políticos, académicos y empresarios han vuelto a recetar lo de siempre: buscar en China, en la Unión Europea o en otros actores globales un sustituto, o al menos un contrapeso, que atenúe nuestra vulnerabilidad frente a Washington.
El problema es que esa aspiración tiene más de doscientos años de historia, y nunca ha producido lo que sus promotores anunciaban.
Desde los primeros años de vida independiente, conservadores y liberales por igual comprendieron que la vecindad con Estados Unidos era el hecho geopolítico determinante de nuestra existencia nacional. Lucas Alamán buscó el contrapeso en Europa y fracasó. Porfirio Díaz lo intentó con Inglaterra, Francia, Alemania y Japón, con resultados muy modestos. En el siglo XX, el mismo mantra sedujo a varios presidentes: Echeverría lo convirtió en piedra angular de su política exterior; López Portillo apostó al petróleo como palanca diplomática; De la Madrid lo enunció como principio, pero la crisis de 1982 y el peso de la deuda lo regresaron a la realidad.
Fue precisamente De la Madrid quien, al abrir la economía e ingresar al GATT en 1986, sentó las bases para lo que vendría. La lógica era impecable: crecer hacia afuera, con exportaciones como motor. Pero el mercado más grande, más cercano e integrado con la estructura productiva nacional era, inevitablemente, el estadounidense. No es casual que, en Davos, en 1990, Helmut Kohl le dijera a Salinas, con la franqueza que da la distancia: No se haga bolas. No espere grandes cosas de Europa: arréglese con su vecino del norte. De esa apertura nació el TLCAN, firmado en 1993.
Vinieron después los tratados de libre comercio con la Unión Europea, la EFTA y Japón, el libreto clásico de la diversificación, pero las exportaciones siguieron concentrándose donde siempre: al norte. En 2025, el 85 por ciento de las exportaciones mexicanas, alrededor de 534 mil millones de dólares, se dirigieron a Estados Unidos, cifra equivalente al 37 por ciento del PIB nacional. La dependencia no es retórica: es estructural.
El 22 de mayo se firmará el Acuerdo Modernizado entre México y la Unión Europea (UE). Bienvenido sea: se debió haber firmado hace años. La política arancelaria errática de Trump, que ha golpeado a aliados y adversarios por igual, está empujando a ambas partes a buscar nuevos vínculos, y en esa convergencia hay oportunidades reales. Lo mismo puede decirse de acuerdos futuros con India o los países de la ASEAN.
Pero no nos engañemos. Las exportaciones mexicanas a la UE sumaron en 2025 apenas 27 mil 658 millones de dólares, el 5.2 por ciento del total, frente al 85 por ciento enviado a Estados Unidos. Donde la aportación europea es más significativa es en inversiones. De los 40 mil 871 millones de dólares de Inversión Extranjera Directa en 2025, la UE aportó 9 mil 906 millones de dólares, equivalente al 24.2 por ciento del total nacional. La Unión Europea es un socio valioso, pero no es un contrapeso ni una alternativa. Como tampoco lo puede ser China.
México y Estados Unidos son economías profundamente integradas, con cadenas de valor construidas durante décadas que no se desharán por decreto presidencial de Trump. Cambiar esa realidad tomaría generaciones, no años.
¿Qué hacer entonces frente a la presión de Trump por el caso Rocha Moya y otros que pueden venir más adelante? La respuesta no está en subirnos al cuadrilátero con el adversario más poderoso del planeta en su propio terreno. Sun Tzu lo advirtió hace veinticinco siglos: no enfrentes a un rival donde pueda vencerte con facilidad; cambia el campo de juego. La relación bilateral se rige por tratados y convenios. Es el momento de la diplomacia, de aplicar la ley y los acuerdos vigentes, no de eludirlos. Limpiando la casa, la presidenta saldrá fortalecida.
La diversificación es una meta que siempre hay que perseguir. Pero no es sustituto de la negociación más difícil e indispensable con Estados Unidos. Esa ha sido la prioridad real de la política exterior mexicana desde 1821, y lo seguirá siendo mientras compartamos 3 mil 145 kilómetros de frontera con la nación más poderosa del mundo. La piedra filosofal de la diversificación no existe. Lo que sí existe es la diplomacia, el derecho internacional y la negociación inteligente.
POR MIGUEL RUIZ CABAÑAS
DIPLOMÁTICO DE CARRERA Y PROFESOR EN EL TEC DE MONTERREY
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