El Apocalipsis como Estrategia: La IA y la Política del Miedo

El apocalipsis tecnológico es, en parte, una narrativa de control disfrazada de advertencia humanista

Columna Invitada
Columna Invitada
Ignacio Madrazo Piña / Colaborador / Opinión El Heraldo de México
Ignacio Madrazo Piña / Colaborador / Opinión El Heraldo de México(Especial)

Hay una paradoja en el corazón del debate sobre inteligencia artificial que pocos se atreven a nombrar: quienes más insisten en que la IA podría destruir la civilización son, con frecuencia, los mismos que construyen esa IA y que se benefician de su concentración en pocas manos. El apocalipsis no es solo una advertencia. Es también un argumento de poder.

La narrativa del fin del mundo tecnológico cumple una función política precisa: justifica el control. Si la IA es una fuerza tan descomunal que puede reconfigurar la realidad, colapsar mercados laborales, fabricar guerras o extinguir especies enteras, entonces su gobierno no puede dejarse a la democracia ordinaria, a los parlamentos lentos, a los ciudadanos sin formación técnica. Requiere tutores. Requiere custodios. Requiere, en suma, a quienes ya la controlan.

Este no es un fenómeno nuevo. Cada tecnología disruptiva ha traído consigo su propia teología del pánico. La energía nuclear engendró décadas de terror existencial que, paradójicamente, concentró su manejo en élites estatales y militares con escasa rendición de cuentas. La biotecnología generó espantos sobre pandemias diseñadas en laboratorio que terminaron legitimando marcos regulatorios construidos lejos de la sociedad civil. El patrón se repite: primero el terror, luego la concentración, finalmente la legitimación del poder adquirido.

Con la IA, el mecanismo opera en dos registros simultáneos.

El primero es corporativo. Las grandes empresas tecnológicas —OpenAI, Google DeepMind, Anthropic, Meta— llevan años compitiendo no solo en capacidad técnica sino en apocalipsis retórico. Sus fundadores hablan de "riesgos existenciales", de umbrales de no retorno, de la posibilidad de crear entidades que superen y desplacen a la humanidad. Sam Altman compara su empresa con el Proyecto Manhattan. Geoffrey Hinton renuncia a Google para hablar libremente del peligro que él mismo ayudó a construir. Esta retórica no es inocente: un mercado que cree estar al borde del abismo paga cualquier precio por los salvadores que conocen el camino. La narrativa apocalíptica es, entre otras cosas, un instrumento de valoración bursátil.

El segundo registro es político. Los gobiernos que se han movido con mayor agilidad en este terreno —Estados Unidos, China, en menor medida la Unión Europea— han comprendido que quien define los marcos regulatorios de la IA define también las reglas del poder en el siglo que viene. La estrategia es elegante: primero amplificar el miedo, después presentarse como la única instancia capaz de administrarlo. Los decretos ejecutivos, las cumbres de seguridad sobre IA, las listas de acceso restringido a modelos avanzados son tanto instrumentos de gobernanza como de geopolítica. Controlar quién puede acceder, desarrollar y desplegar sistemas de IA es controlar una palanca de poder sin precedentes.

Lo curioso —y lo revelador— es lo que ocurre cuando uno examina los alcances reales de la tecnología con cierta frialdad. La IA actual es extraordinaria. Genuinamente extraordinaria. Transforma industrias, acelera el descubrimiento científico, redefine la creación cultural, multiplica las capacidades individuales de maneras que habrían parecido ciencia ficción hace una década. Pero no es omnipotente. Los sistemas actuales alucinan, razonan de forma frágil ante problemas novedosos, carecen de agencia real, dependen de infraestructuras físicas enormemente concentradas y costosas. La brecha entre lo que la IA puede hacer hoy y lo que el discurso apocalíptico sugiere que hará mañana es, precisamente, el espacio donde opera la política.

En ese espacio vive una decisión deliberada: mantener al ciudadano común en la penumbra técnica. Un público que no comprende cómo funcionan estos sistemas no puede evaluar de manera independiente las afirmaciones sobre su peligrosidad, ni distinguir entre riesgos reales y exageraciones convenientes, ni participar significativamente en las decisiones que moldearán su vida. La ignorancia no es un efecto secundario del avance tecnológico: en ocasiones, es su condición de reproducción. Una ciudadanía informada es, para ciertos actores, un obstáculo.

Esto no equivale a decir que los riesgos de la IA sean ficticios. Algunos son reales y merecen atención sostenida: la concentración de poder económico, el desplazamiento laboral sin redes de protección equivalentes, el uso de sistemas automatizados en decisiones judiciales y administrativas, la erosión de la privacidad, el potencial de desinformación a escala industrial. Pero estos riesgos concretos, manejables con políticas específicas y deliberación democrática, quedan frecuentemente opacados por el gran relato del apocalipsis, que por su enormidad resulta ingobernable para el ciudadano y perfectamente manejable para el experto con acceso privilegiado.

La pregunta que conviene hacerse no es solo *qué puede hacer la IA*, sino *quién se beneficia de que creamos que puede hacerlo todo*. Esa pregunta, más que cualquier benchmark técnico, revela la verdadera naturaleza del debate en curso.

El apocalipsis tecnológico es, en parte, una narrativa de control disfrazada de advertencia humanista. Reconocerlo no exige ingenuidad sobre los poderes reales de la tecnología. Exige, simplemente, la vieja costumbre de preguntar: *¿a quién sirve este miedo?*

POR IGNACIO MADRAZO PIÑA
E-Mail: ignaciomadrazo@yahoo.com
IG : Ignaciomp1969

Archivado en