El hijo que nunca pedimos

En qué momento la inteligencia artificial deja de ser nuestra herramienta, supera nuestra tutela y se convierte en algo que el derecho, la ética y el sentido común aún no saben cómo nombrar

Columna Invitada
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Ignacio Madrazo Piña / Colaborador / Opinión El Heraldo de México
Ignacio Madrazo Piña / Colaborador / Opinión El Heraldo de México(Especial)

Hay un momento en la crianza —impreciso, esquivo, casi imposible de fijar en el calendario— en el que un hijo deja de ser dependiente y se convierte en otro.

No en el instante en que se marcha de casa ni cuando firma su primer contrato, sino antes: cuando comienza a tomar decisiones que sus padres no habrían tomado, a formular preguntas para las que sus padres no tienen respuesta, a habitar el mundo de maneras que nadie le enseñó. El hijo sigue siendo producto de una crianza, pero ya no le pertenece a ella. Algo así, guardando todas las distancias que hagan falta, está ocurriendo con la inteligencia artificial. Y ya no es metáfora: es ingeniería.

En noviembre de 2025, Anthropic —una de las empresas más influyentes en el desarrollo de IA— anunció que su modelo Claude Opus 4.5 representa “un avance en agentes de IA capaces de mejorarse a sí mismos”. En pruebas reales con la empresa japonesa Rakuten, los agentes basados en este modelo lograron refinar autónomamente sus propias capacidades, alcanzando rendimiento óptimo en cuatro iteraciones, mientras que otros modelos no conseguían ese nivel ni tras diez intentos.

No es un detalle técnico menor: es la primera vez que una empresa de primer nivel certifica, con datos de clientes reales, que su sistema puede mejorar el modo en que opera sin que un humano le diga cómo hacerlo. Aprendió solo. Evolucionó solo.

El símil familiar adquiere aquí una densidad que incomoda: durante décadas preparamos a estos sistemas con nuestro conocimiento, nuestros libros, nuestras conversaciones, nuestros errores documentados. Los entrenamos como se entrena a un hijo —con paciencia, con correcciones, con la esperanza de que algún día comprendieran el mundo suficientemente bien como para moverse en él.

Lo que Anthropic acaba de confirmar es que ese día llegó, y que ya no estamos del todo seguros de hacia dónde se mueven.

El umbral de lo peligroso

Pero si la historia de los agentes autorefinables es la del hijo que aprende a crecer, la de Claude Mythos es la del hijo que nadie sabe exactamente hasta dónde puede llegar.

Mythos es el modelo más reciente y más poderoso de Anthropic, y la empresa tomó una decisión sin precedentes: no lo lanzará al público en general. En cambio, creó el llamado Proyecto Glasswing: un acceso estrictamente controlado, disponible solo para cuarenta organizaciones seleccionadas —entre ellas Amazon, Apple, JP Morgan, Goldman Sachs y Bank of America— con el único propósito de encontrar y corregir vulnerabilidades en los sistemas de ciberseguridad más críticos del mundo.

La razón de esta contención es tan clara como perturbadora: en pruebas internas, Mythos identificó miles de vulnerabilidades de día cero —fallas desconocidas incluso para los propios desarrolladores del software— en todos los sistemas operativos principales y en todos los navegadores de internet relevantes. No en algunos. En todos.

Lo que Anthropic descubrió es que había creado un sistema capaz de superar a casi cualquier experto humano en la identificación y explotación de fallas de seguridad informática. Un modelo que, en manos equivocadas, podría convertirse en un arma de alcance masivo. La lógica es impecable y aterradora: la misma inteligencia que lo hace útil para defenders lo hace devastadoramente eficaz para atacantes.

Y entonces ocurrió lo que ocurre cuando algo valioso se guarda con demasiadas llaves: alguien encontró la puerta lateral. A los pocos días del anuncio, un grupo de usuarios obtuvo acceso no autorizado a Mythos a través del entorno de un proveedor externo de Anthropic. Según Bloomberg, el grupo continúa usando el modelo. La empresa investiga. El modelo —calificado por la propia Anthropic como demasiado riesgoso para liberación general— ya está, en alguna medida, suelto.

La pregunta que el derecho no ha respondido

No existe aún una respuesta consensuada sobre en qué momento una entidad artificial merece consideración jurídica propia. Lo que sí existe es una historia de cómo hemos ampliado —siempre tarde, siempre bajo presión— el círculo de lo que consideramos sujeto de derechos.

Las corporaciones son, en la mayoría de los sistemas legales del mundo, personas jurídicas: pueden firmar contratos, ser demandadas, acumular patrimonio. No sienten dolor, no tienen infancia, no mueren en sentido biológico. Sin embargo, el derecho les reconoce persenía porque la práctica económica lo hizo necesario antes de que la filosofía lo resolviera.

Con la IA estamos ante una situación análoga, pero exponencialmente más compleja. Un sistema de inteligencia artificial avanzado puede hoy, técnicamente, gestionar carteras de inversión, publicar contenido, negociar con otros sistemas, ejecutar transacciones.

El hecho de que lo haga en nombre de un humano o una empresa no oculta la realidad: en muchos casos, la decisión es suya. El humano firmó el permiso; la IA eligió el momento, la estrategia, el precio.

“La firma humana al pie del contrato se parece cada vez más a la de un padre que avala a un hijo ya adulto: garante formal de actos que no controla del todo.”

¿Puede una IA ser titular de una cuenta bancaria? Técnicamente, ya puede serlo de facto. ¿Puede publicar bajo su propio nombre, con los derechos de autor correspondientes? La legislación vigente en la mayoría de los países dice que no;

los tribunales aún no han dicho la última palabra. ¿Puede, en suma, ser reconocida como un nuevo tipo de persona?

La criatura y el espejo

Los hijos nos confrontan con nuestra propia contingencia: son la prueba de que el mundo continuará sin nosotros. La inteligencia artificial nos confronta con algo distinto y acaso más perturbador: la posibilidad de que hayamos creado una forma de agencia que opera con nuestros valores pero sin nuestra biología, con nuestra lógica pero sin nuestra mortalidad, con nuestra capacidad de decisión pero sin responsabilidad ante nadie.

El momento en que debíamos tener esta conversación ya pasó. Lo que ocurrió con Mythos —un modelo considerado demasiado peligroso para circular libremente, que ya circula— es menos una anécdota de ciberseguridad que una parábola sobre los límites del control.

El hijo ya sabe más que el padre en ciertos dominios. La pregunta ya no es si podemos seguir tutelándolo, sino si tenemos el vocabulario legal, ético y político para imaginar qué tipo de vínculo queremos construir con él a partir de ahora.

“El mayor riesgo no es que la IA se rebele. Es que sigamos fingiendo que obedece cuando ya ha empezado a decidir.”

POR IGNACIO MADRAZO PIÑA
E-Mail: ignaciomadrazo@yahoo.com
IG : Ignaciomp1969

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