Dicen por ahí que uno de los principales problemas de la inteligencia artificial generativa es lo perfecta que puede llegar a ser. Como se quiera ver, este es un fenómeno notable en la medida en que su capacidad para generar contenido va en aumento, ya sea un texto, una imagen o un video. En el caso de estos dos últimos, al principio no era difícil identificar cuándo se trataba de creaciones de la IA, pues presentaban ciertos ángulos de cámara, deformaciones y otros elementos que las delataban. Ahora la tarea se ha complicado gracias a que estas producciones se alejan cada vez más de aquellos detalles que se podían advertir a simple vista. Dicho lo anterior, todavía hay videos e imágenes que gritan IA.
El texto, todo aquel ámbito de lo escrito, es otra cosa. A diferencia de la imagen y el video, la escritura generada por la IA, en cuanto a la forma, más allá del contenido, no presenta en una primera lectura aquellos detalles observables que sí delatan a los otros dos formatos. Es decir, un texto hecho por ChatGPTno contendrá errores ortográficos, como omitir un acento o escribir mal una palabra. En ese sentido, podrá redactar cien cuartillas sin incurrir en dichas faltas.
El problema, sin embargo, llega al leerla. La IA tiene un “estilo”. Si tuviera que describirlo, recurriría a la siguiente analogía: un tropo común en la ciencia ficción es la existencia de utopías o, mejor dicho, de sociedades que a simple vista parecen perfectas y cuya característica distintiva es que esa perfección suele alcanzarse a costa del sacrificio de los componentes humanos, como las emociones. Tarde o temprano, la trama demuestra que aquella perfección es vacía, incómoda y extraña, y termina por acercarse más a una sociedad distópica donde lo considerado defectuoso o erróneo no tiene cabida. Ahora bien, algo similar ocurre con el uso desmedido de la IA generativa que estamos viviendo. A simple vista parece perfecta, pues lo cierto es que no comete errores. No es sino hasta que uno la lee con atención, notando lo repetitiva y vacía que es su prosa, cuando se da cuenta de que el sacrificio para alcanzar esa perfección consiste en volverse lo más genérico posible.
Pues, ante aquello tan “perfecto” y de uso tan exagerado, conviene pensar en el valor del error. Sin querer exigir su presencia, se debe reconocer que vale más un producto hecho por una persona, aun con sus "errores" o despistes, que evidencian la presencia de un yo que piensa y tiene algo que decir, que uno hecho por la IA, de escritura "limpia", pero más cercana a esa sociedad distópica en la cual lo humano es sacrificado en la búsqueda de la perfección.
POR IGNACIO ANAYA
COLABORADOR
@IGNACIOMINJ
