No encontré el cuaderno de anotaciones que llenaba mi madre cuando el golpe de Estado de Hugo Chávez fracasó y a Venezuela, sin darnos cuenta, se le empezaba a robar la soberanía. Chávez volvería y de qué manera. Robé ese cuaderno cuando mi madre falleció y pensé que lo había cuidado como un tesoro, pero he buscado por todas las cajas de fotos y objetos que conservo y simplemente parece haber desaparecido. “Desaparecido”, palabra que no repetíamos como hoy. Ella anotaba presurosa, hacía caras mientras veía noticias y programas de opinión, borraba, subrayaba y yo la observaba embelesada. ¿Qué estará pensando?, ¿qué imagina?, ¿por qué duda?, ¿será Hugo Chávez ese salvador con cara de bonachón que se rindió ante las cámaras de TV?, ¿será el monstruo que dice mi tía?, ¿es cierto que acabaría con Venezuela cuando saliera de la cárcel?
Luego yo rebuscaba en la mesa cercana a la televisión y leía sus anotaciones. Su letra zurda, redondeada, siempre me apasionó. Yo escuchaba su voz encima de las líneas y era fascinante leer cómo narraba sus dudas sobre el gran proceso que nos cambió la vida para siempre. Lo cierto es que el país se partió en dos en esas fechas y ya nunca más pudo recuperarse. Desde ahí comencé a interesarme en la política, pero desde la voz y la letra historiadora de mi madre.
Una madre que solo alcanzó a vivir la primera etapa de la destrucción de su país porque la muerte la encontró antes del colapso definitivo del sistema de salud, antes de que las pensiones venezolanas se volvieran polvo frente a una inflación humillante, antes de que un salario mínimo dejara de alcanzar siquiera para alimentar a una familia unos pocos días. Para entonces su seguro laboral cubrió todo y nuestra crisis fue más emocional que económica. Me pregunto si tuvimos suerte o si me invento esa idea para consolarme. Cuando alguien muere, uno es capaz de inventar toda clase de beneficios ligados al estruendoso vacío con el que tiene que seguir en la cotidianidad. Así hacen las madres de Venezuela, pero ellas esperan en una ventana oxidada o en una acera de una oficina pública que se burla de ellas con unas pocas monedas en las manos.
Hoy me pregunto otras cosas. Han pasado décadas desde que ese cuaderno perdido delineaba posibles tragedias. Hoy me pregunto si ella hubiera soportado ver a todos sus hijos partir al mismo tiempo, como ocurrió con millones de venezolanos expulsados por la miseria y la desesperanza. Me pregunto si habría podido tener una vejez digna o si, como tantas madres venezolanas, habría terminado haciendo filas eternas para comprar comida, buscando medicinas imposibles o esperando remesas para sobrevivir. ¿Qué hubiera sentido ella al saber que los presos políticos aparecen colgados, desmembrados, desnutridos, ante la mirada impávida de unos criminales que tomaron su país por la muerte?
¿Qué habría escrito en el cuaderno al enterarse de que organizaciones como el Foro Penal han documentado miles de detenciones políticas y decenas de muertes bajo custodia del Estado? Desde 2014, más de 18 mil personas han sido arrestadas por motivos políticos y al menos 17 presos políticos han muerto bajo custodia estatal.
¿Qué habría garabateado o subrayado al ver madres recorriendo cárceles venezolanas buscando hijos desaparecidos, sólo para descubrir meses después tumbas anónimas, cuerpos enterrados sin aviso y expedientes construidos sobre mentiras? Casos como el de Carmen Navas, una madre de más de 80 años que buscó durante 16 meses a su hijo preso político hasta encontrarlo enterrado en secreto. Un país devorado por la crueldad.
Hoy también me pregunto qué hubiera apuntado sobre las muertes infantiles relacionadas con la desnutrición que siguen escondidas detrás de cifras incompletas y silencios oficiales y sobre los millones de personas llegaron a padecer subalimentación mientras el poder hablaba de victorias, patria, paz y soberanía.
No creo que hubieras volteado la mirada. La tibieza nunca formó parte de nuestras conversaciones ni de tus escritos. Lo único que podría decirte un martes como hoy es que las estructuras políticas terminaron convertidas en ruinas. Que muchos venezolanos se quedaron atrapados entre un sistema autoritario, una oposición fracturada y poderes extranjeros disputándose petróleo, minerales y territorio mientras la gente común sobrevive como puede. La gente como nosotros mamá.
Y te contaría algo todavía peor, que en Venezuela también se está asesinando lentamente a las madres. Porque quedan condenadas a una muerte en vida mientras recorren morgues y tribunales buscando sus almas. ¿Sabes?, están muertos, apilados en la tiranía y repletos de sangre en forma de dólares y revolución.
Y aun así siguen buscando. ¿Qué no buscaría una madre?
Yo seguiré buscando tu cuaderno.
POR MARÍA CECILIA GHERSI PICÓN.
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