Problemas en el paraíso

Durante décadas, la Copa del Mundo funcionó como una anomalía afortunada: un espacio donde, pese a los miles de millones de dólares en juego

Verónica Malo Guzmán / Tres en Raya / Opinión El Heraldo de México
Verónica Malo Guzmán / Tres en Raya / Opinión El Heraldo de México(El Heraldo de México)

A semanas de la inauguración del Mundial de futbol, la FIFA celebró su 76º Congreso en Vancouver. Lo que debía ser un preludio festivo —la antesala natural del mayor espectáculo deportivo del planeta— terminó convertido en una arena política donde el balón dejó de ser el centro.

Durante décadas, la Copa del Mundo funcionó como una anomalía afortunada: un espacio donde, pese a los miles de millones de dólares en juego, lo esencial seguía siendo el futbol. Televisoras, plataformas digitales, patrocinadores, federaciones y jugadores integran una maquinaria global perfectamente aceitada, pero incluso dentro de ese engranaje persistía una idea simple: durante un mes, el mundo podía concentrarse en algo que no fuera conflicto.

No es algo menor. Entre 3,700 y 4,000 millones de personas siguen este deporte; más de 270 millones lo practican y cerca de 130,000 lo hacen de manera profesional. El Mundial representa, en ese contexto, una tregua simbólica: la posibilidad de que el “jogo bonito” —ese ideal que Pelé convirtió en narrativa universal— se imponga, aunque sea de forma momentánea, al ruido del poder.

El Mundial de 2026 —el primero trinacional— empieza a perfilarse en sentido contrario. El Congreso de la FIFA fue un anticipo. Gianni Infantino no solo reiteró la participación de Irán —aceptada incluso en términos políticos por Estados Unidos—, sino que insistió en desempeñar un papel que rebasa su mandato: el de mediador internacional. La intención podrá leerse como voluntarista; el resultado exhibe una confusión de funciones.

El episodio más revelador ocurrió cuando se intentó escenificar un gesto de “reconciliación” entre representantes del futbol israelí y palestino. Jibril Rajoub, presidente de la Federación Palestina, y Basim Sheikh Suleiman, vicepresidente de la Federación Israelí, fueron colocados bajo los reflectores. Rajoub rechazó el apretón de manos y abandonó el estrado.

El desenlace era previsible. El error estuvo en el planteamiento. Ni Israel ni Palestina son actores centrales del Mundial. Su presencia en el torneo es eventual, su peso deportivo limitado en ese escenario. Aun así, la FIFA decidió trasladar uno de los conflictos geopolíticos más complejos del mundo al escaparate previo de su competencia más importante.

El foro quedó desbordado por un conflicto que no le pertenece. Ese episodio permite observar una tendencia más amplia. La FIFA parece buscar una redefinición de su papel en el sistema internacional. De organismo rector del futbol con enorme poder económico, a actor de influencia simbólica en la conversación global. El acercamiento constante de su dirigencia con jefes de Estado, la creación de reconocimientos políticos y la escenificación de gestos diplomáticos apuntan en esa dirección.

El movimiento no es menor. Tampoco es inocuo. En su intento por proyectarse como un actor de poder blando, la FIFA corre el riesgo de erosionar el activo que le dio legitimidad global: su capacidad de ofrecer un espacio distinto. No de resolver conflictos, sino de suspenderlos simbólicamente. No de intervenir, sino de aislar el juego de las tensiones que lo rodean.

El contexto internacional vuelve esa tensión más evidente. Conflictos abiertos, disputas comerciales —como el reciente arancel del 25% anunciado por Donald Trump a los automóviles europeos— y una creciente fragmentación del orden global configuran un escenario donde los espacios de encuentro son cada vez más escasos.

El futbol había sido uno de ellos. En la novela Casi el paraíso, Luis Spota retrata a quien, al intentar ser lo que no es, termina perdiendo incluso lo que tenía. La analogía resulta pertinente: al querer jugar a la diplomacia, la FIFA arriesga su función esencial.

El costo no es menor. El poder del Mundial no radica en su capacidad de intervenir en conflictos internacionales, sino en algo más sutil: su potencia para desplazarlos momentáneamente del centro de la conversación. Noventa minutos en los que el mundo deja de explicarse desde la confrontación.

En 1986, México condensó esa aspiración en una frase que hoy parece lejana: “el mundo unido por un balón”. A las puertas del Mundial más grande de la historia —48 selecciones—, esa idea no se diluye por la complejidad del entorno internacional, sino por la tentación de quienes dirigen el futbol de expandir su ámbito más allá de lo que le da sentido.

El balón sigue siendo suficiente. Lo demás, introduce problemas en el paraíso.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

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