Las palabras que nos sanan

El reconocimiento no es superficial como a veces pensamos. Conlleva la sensación de ser vistos, nombrados y escuchados. Es una necesidad profundamente humana

María Isabel Romero López / Encuentro Contigo / Opinión El Heraldo de México
María Isabel Romero López / Encuentro Contigo / Opinión El Heraldo de México(El Heraldo de México)

A veces hacemos cosas con entrega, con esfuerzo, con disciplina y amor… esperando, aunque no siempre con conciencia, que alguien lo note. Deseamos obtener reconocimiento envuelto en un “gracias”, “qué bien lo hiciste”, “estoy orgulloso de ti”, “veo tu esfuerzo”.

El reconocimiento no es superficial como a veces pensamos. Conlleva la sensación de ser vistos, nombrados y escuchados. Es una necesidad profundamente humana.

Sin embargo, creer que esa mirada externa es la que sostiene nuestro valor, nos genera dependencia y cuando no llega nos genera cansancio, dolor y frustración, nos sobreexigimos.. Trabajamos más, nos esforzamos más, nos adaptamos más para no incomodar. Irónicamente dejamos de mirarnos, de auto reconocernos.

Lo complicado es que el reconocimiento externo no está bajo nuestro control. Y es por ello que esa falta, con el tiempo, puede desgastar profundamente a quienes la esperan. Porque en esa espera ocurre algo silencioso que desgasta, que cansa y entonces el corazón se aísla y se enfría.

Por eso, incluso cuando finalmente llegan palabras hermosas, no logran entrar. No es porque no sean sinceras, o no tengan valor sino porque quien las oye, no las escucha. Se cansó de esperar.

Recuerdo a la hermana de un paciente diciéndole: “Gracias a ti, a tu valentía de hablar de lo que te duele y de lo que te incomoda, se abrió una nueva forma de comunicarnos en familia”.

Entonces surge una paradoja difícil: eso que tanto necesitamos escuchar llega en medio del cansancio. Porque abrirse cansa, explicarse cansa, esperar por comprensión cansa.

Hay heridas que no nacen solamente de las vivencias, nacen también del tiempo que pasamos sintiendo que nadie lograba entender lo que nos ocurría por dentro.

Por eso a veces escuchamos palabras de aliento, de impulso, motivantes que suenan huecas. Como si el sonido las llenara de silencio, como si hubiera una parte rebelde que dijera internamente: “Necesitaba esto hace tiempo”.

Pero sabes, incluso ahí, las palabras genuinas siguen siendo valiosas. Tal vez no reparan de inmediato, tal vez no borren años de dolor. Pero suavizan defensas que se habían levantado y también pueden recordarnos que el reconocimiento no siempre viene primero de afuera.

Porque llega un momento de madurez emocional donde necesitamos aprender a reconocernos a nosotros mismos.

Poder decir con orgullo y dignidad: “esto me costó”, “aquí he sido valiente”, “en medio del cansancio y del dolor, estoy aquí y he logrado sostenerme”.

Porque cuando aprendemos a reconocernos internamente, el aplauso externo deja de definir nuestro valor y puede convertirse en un abrazo que acompaña.

Escúchate, obsérvate, abrázate. La fuente está en ti.

Maestra en Psicología Clínica Integrativa, María Isabel Romero López

EEZ

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