Nos han enseñado que los hombres procesan desde la razón y las mujeres desde la emoción. Pero esa idea no solo es falsa, sino que desintegra a las personas, pues pensar y sentir son capacidades que todas las personas poseemos. La diferencia real muchas veces no radica tanto en cómo captamos, sino en lo que hacemos con eso.
La emoción no es opuesta a la razón: contiene información, interpretación, memoria, intuición y experiencia corporal.
Si lo pensamos un poco podremos notar que muchas de nuestras decisiones aparentemente racionales, están profundamente influidas por miedo, deseo, necesidad de control, pertenencia o reconocimiento.
La diferencia entre la forma de sostener y actuar de los hombres y las mujeres está mayormente ligada a aprendizajes culturales que hemos venido heredando y repitiendo de generación en generación.
A muchos hombres se les ha enseñado a enmascarar su vulnerabilidad desde el humor, el silencio, el trabajo o la resolución. Mientras a muchas mujeres se les permitió expresar la suya a través del llanto, la tristeza o el miedo.
Esta desintegración ha fortalecido creencias muy lejanas a la realidad: el hecho de que los hombres elijan lo práctico no significa que no sientan profundamente, ni que las mujeres no razonen sus emociones.
Cuando la experiencia humana de vulnerabilidad la reducimos a expresiones “así son los hombres” o “así son las mujeres” terminamos invalidando y lastimando nuestros vínculos con nosotros y los demás.
La realidad es que una emoción ignorada puede llegar a distorsionar la razón y una razón desconectada puede volverse defensiva, rígida… incluso cruel.
Quizá el problema que nos aqueja socialmente no es que los hombres no sientan o que las mujeres sientan demasiado.
El asunto es que seguimos huyendo sin darnos permiso de quedarnos un momento en lo que sentimos, antes de intentar resolverlo.
Porque retirarse rápido, racionalizar, negar, minimizar, hacer un chiste, cambiar de tema, distraerse o enfocarse en lo práctico, también puede ser una manera de proteger el mundo emocional.
Recuerdo una conversación entre amigas: una compartía un momento doloroso que había vivido. “Me sentí incómoda cuando pasó esto…”, al escucharla, otra del grupo respondió casi instintivamente: “No es para tanto… lo que debes hacer es…”. La primera hablaba desde el dolor, la segunda intentaba ayudar resolviendo, y sin querer la dejaba más sola.
Hay ocasiones en que ni siquiera necesitamos a alguien más para invalidarnos.
Sentimos algo, tristeza, enojo, miedo, frustración y entonces una voz interna nos dice “no te sientas así, estás exagerando… mejor ve a caminar… haz esto o aquello”.
No es mala intención. Es prisa por resolver. Como si quedarse un poco en lo que se siente fuera demasiado abrumador.
Escúchate, obsérvate, abrázate. La fuente está en ti.
POR MARÍA ISABEL ROMERO LÓPEZ
MAESTRA EN PSICOLOGÍA CLÍNICA INTEGRATIVA
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