Lejos del autoritarismo, la represión y la falta de libertades de las que algunos acusan a los gobiernos de la Cuarta Transformación, lo que hoy vemos son hechos que marcan una ruta distinta: la de dignificar a quienes durante años fueron relegados, olvidados o ignorados.
La justicia se convierte en acción cuando se pone en el centro a quienes han vivido violaciones a sus derechos y se les reconoce como sujetos de atención prioritaria.
El Plan de Justicia para Atenco y la Montaña, con la segunda restitución de tierras, es ejemplo claro de ello. No es una medida aislada, es parte de una visión que busca reparar, escuchar y actuar.
En lugar de imponer, se reconoce; en lugar de ignorar, se responde; en lugar de reprimir, se construyen caminos de justicia y dignidad para quienes por años resistieron desde el abandono institucional.
No se trata solo de devolver lo que les pertenecía, se trata de devolver derechos, de reconocer la lucha de quienes defendieron su territorio y de enviar el mensaje de que la justicia también se construye corrigiendo el pasado.
Como lo expresó la Presidenta: “nunca más un gobierno autoritario que reprima al pueblo”. Esa frase significa que la relación entre gobierno y ciudadanía debe basarse en el respeto, en el diálogo y en la dignidad.
Durante muchos años, el poder se ejerció desde la imposición. Se tomaban decisiones sin escuchar, se ignoraban las voces de las comunidades y, cuando había resistencia, se respondía con fuerza. Atenco fue uno de los momentos más dolorosos de esa forma de gobernar.
La transformación que vive México ha planteado otra lógica. Una en la que la justicia no se limita a lo jurídico, sino que abarca lo social; donde la paz no se reduce a la ausencia de conflicto, sino que implica atender las causas que lo generan; donde la dignidad no es solo un concepto, sino una práctica cotidiana.
La restitución de tierras es parte de esa visión. Reconoce que el territorio no es solo un espacio físico, es identidad, historia y pertenencia. Para muchas comunidades, la tierra es vida. Quitarla o imponer sobre ella decisiones externas no solo afecta lo material, daña la identidad.
Por eso, estos actos de restitución tienen un profundo sentido de justicia. No borran lo ocurrido, pero sí abren la puerta a la reconciliación. A reconstruir la confianza, a decir, con hechos, que el Estado puede y debe actuar de otra manera.
Desde la perspectiva de la construcción de paz, estos procesos son fundamentales.
La paz se construye todos los días, se construye cuando se escucha, cuando se reconoce el dolor, cuando se repara el daño y cuando se evita repetir errores.
En la Cuarta Transformación se ha puesto énfasis en atender las causas de la violencia. Y esas causas no solo están en la falta de oportunidades, también están en la injusticia acumulada, en el abandono, en la falta de reconocimiento. Por eso, hablar de justicia para Atenco y la Montaña es también hablar de prevención, de atención a las causas y de futuro.
Dignificar a quienes lucharon, reconocer su resistencia y devolver lo que les pertenece es una forma de reconciliar al país consigo mismo.
México está construyendo un camino distinto. Uno donde la autoridad se legitima, donde la justicia se ejerce, donde la paz es una política pública.
Atenco nos dejó una lección dolorosa, pero también nos deja hoy la oportunidad de demostrar que sí es posible transformar la relación entre la autoridad y el pueblo. Que sí es posible gobernar con respeto y que sí es posible poner en el centro la dignidad.
Cuando eso ocurre, cuando se restituyen derechos y se reconoce la lucha, no solo se devuelve tierra, se devuelve algo aún más valioso: la confianza.
POR CLARA LUZ FLORES
PAL