La violencia ya no es un hecho aislado. Es un síntoma. Y como todo síntoma que se repite, que escala y que se normaliza, nos está diciendo algo que como sociedad no estamos queriendo escuchar.
Hace unos días, una suegra privó de la vida a su nuera. En otro escenario, visitantes fueron atacados en un espacio simbólico como la Pirámide de la Luna, lugar que representa nuestras raíces y nuestra identidad. Y, como telón de fondo constante, la muerte de jóvenes: vidas que apenas comenzaban, proyectos truncados, familias marcadas para siempre. Robos, asaltos, secuestros, amenazas en escuelas.
No son casos inconexos ni aislados en sí. Son expresiones distintas de una misma fractura social. Por si alguien se preguntaba sobre la lógica conexión.
Es en serio, es neta, de verdad, como sea que se los diga: no nos estamos dando cuenta de que la violencia ha dejado de ser excepcional. Se ha infiltrado en lo cotidiano: en la familia, en los espacios públicos, en las escuelas, en la convivencia diaria. Lo más grave no es solo que ocurra, sino que empiece a parecernos normal. Y cuando la violencia se normaliza, el tejido social comienza a romperse desde adentro.
¿Qué está pasando? Estamos perdiendo la capacidad de contenernos. Se ha debilitado el respeto por la vida, pero también el autocontrol, la tolerancia y el sentido de comunidad. La frustración se transforma en agresión, la diferencia en confrontación y el conflicto en destrucción. Pero no podemos quedarnos en el diagnóstico.
Desde el ámbito jurídico, la respuesta es necesaria: investigar, sancionar, prevenir. El Estado tiene una responsabilidad indeclinable. Sin embargo, pensar que todo se resuelve solo con leyes o castigos sería una simplificación peligrosa.
La violencia también se combate desde la formación. Desde la familia que educa en principios y valores, desde la escuela que enseña a convivir, desde la comunidad que no es indiferente. Desde cada persona que decide no responder con odio, que elige el diálogo sobre la agresión, que entiende que la fuerza no es poder, sino debilidad mal dirigida.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar algo esencial: el valor de la vida. No como discurso, sino como convicción. No como exigencia a otros, sino como práctica personal.
Porque si no logramos reconstruir lo básico —el respeto, la empatía, la contención—, ningún sistema será suficiente para frenar lo que estamos viendo. La violencia no empezó de un día para otro. Pero sí puede empezar a detenerse hoy. Y esa decisión no solo le corresponde al Estado. Nos corresponde a todos.
Hagan de sus principios y valores un hábito en su vida. Ahí comienza el freno real a la violencia que hoy nos está desbordando.