Por una razón misteriosa, a muchos seres humanos les encanta la atrocidad. Seguramente hay por ahí, muy adentro en algunos ADN, un gen maligno que los hace disfrutar de la sangre, el dolor y la destrucción del otro. Con saña, con indiferencia, más con placer que asombro, se dedican a destruirlo todo. En el fondo, estas acciones terribles lo que persiguen es mostrar su poder. Ahí está la motivación básica, probar que pueden tanto que se vale llegar a la aniquilación del de enfrente para su satisfacción personal y exhibir así su excepcional capacidad para hacer sufrir y doblegar.
Este tipo de personalidades no buscan ser queridas, ni siquiera reconocidas; su satisfacción proviene de ser temidos y arrasar con todo lo que se les ponga enfrente para sentirse omnipotentes, aunque sea por el ratito que dura la tortura o la degradación de sus supuestos adversarios.
La historia de la humanidad ha registrado desde siempre a este tipo de personajes que lo único que quieren es sencillamente dominar al mundo en modo autoritario, igualito que Pinky y Cerebro o, si prefieren, de Juego de Tronos. En esta serie todo era posible, todo se valía por conseguir sentarse en el espinoso trono y ser la o el mero mero de todos los reinos. Con esta misma premisa que mesmeriza a las mayorías se puede leer lo mismo a Shakespeare que a Tolkien. O ver Star Wars, ahora en su aniversario, o una biopic de Hitler o cualquier tirano. Todos los autoritarios quieren dominar al mundo y que las cosas sean como sus majestades desean.
Lo más desconcertante es que algunos lo han logrado y los pueblos sometidos se los han permitido, en ocasiones hasta complacidos y gozosos. ¡Uf!
Hoy nuestro país está bañado en sangre por bandas criminales, cárteles de la droga, viles delincuentes, sádicos, asesinos. A esto ha contribuido la complicidad y la indiferencia, pero ahora una suerte de Rey del Mundo Mundial nos amenaza si no hacemos las cosas que él quiere y como quiere. Un crimen pasmosamente bien organizado y un poderoso egoísta recorren nuestra nación para proclamarse dueños y señores, cada uno a su modo. Pues a mí no me gustan ni los unos ni los otros. Ni con Dios ni con el diablo, diría mi abuelita.
¿Cuántos mexicanos más tendrán que morir para que unos ya no sean poderosos y otros no se sientan nuestros dueños?
La violencia no se combate con la violencia, de acuerdo; se combate con la ley en la mano. Se combate la brutalidad con la seguridad de vivir en un Estado de Derecho que preserva el monopolio de la fuerza y construye más que destruye sistemáticamente a nuestro país.
Hoy, que parece que se derrumba todo, en esta hora oscura, estemos dispuestos a sucumbir solo ante el peso de la ley. Decidámonos. No se trata de un juego, es una cuestión de sobrevivencia y honor. Abrochémonos los cinturones porque seguro habrá mal tiempo.
PAL