¡No pasarán!

México no se somete. No se arrodilla. Lo dijo Zapata, y lo llevan tatuado en el pecho los que cruzan el desierto con los zapatos rotos y la dignidad intacta

Diego Latorre
Diego Latorre / Columna invitada / Opinión El Heraldo de México
Diego Latorre / Columna invitada / Opinión El Heraldo de México(El Heraldo de México)

Lo dijo Dolores Ibárruri cuando en 1936 Madrid ardía y el fascismo creía que bastaba con empujar fuerte para que todo cayera. El lema cruzó océanos, décadas, idiomas, hasta nuestros días: hoy el mundo vuelve a abrir los ojos. Siamo tutti antifascisti, gritan en la Italia rebelde. You will not pass, le escupe una mujer a un guardia fronterizo en la garita de Otay. Lan yamuruu, susurra un niño palestino frente a su verdugo con los puños cerrados. La consigna no tiene bandera. Tiene raíz.

Hoy México es la trinchera que nadie esperaba. El muro -qué ironía- que el neofascismo no logra cruzar. Y lo más inverosímil: la bestia viene de los Estados Unidos. Quién lo habría imaginado.

México no se somete. No se arrodilla. Lo dijo Zapata, y lo llevan tatuado en el pecho los que cruzan el desierto con los zapatos rotos y la dignidad intacta.

Pero hay que decirlo: no todos resisten; algunos -muy pocos- abrazan a la bestia como si fuera salvación. Son despistados; los derrotados moralmente. Los que perdieron la memoria antes que la vergüenza y reivindican lo inimaginable: que un país levantado sobre más de quinientos años de decirle no al que llega a imponer, debería ahora arrodillarse. Acuden a lo peor de cada casa, rescatan del sótano los trapos sucios del autoritarismo, y los usan como bandera; desfilan creyendo que marchan hacia el futuro cuando caminan de regreso al basurero.

La historia no la escriben los que se arrodillan.

México aprendió en 1848 que la valentía no basta contra la maquinaria. De esa herida nació la lección. Al Leviatán no se le enfrenta con gritos. Se le doma con lo que éste nunca ha entendido: tiempo. León Felipe lo escribió desde México: “tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola; mía es la voz antigua de la tierra”.

Llevamos décadas haciendo exactamente eso: dejando que la bestia se quede con el ruido y aquí construimos en silencio lo que ningún decreto puede demoler. Con cada remesa que fundó un negocio. Con cada hijo que cruzó sin papeles y volvió con un título. Con cada ingeniero, médica, maestro que construyó con las manos, piedra sobre piedra, generación sobre generación, mientras el vecino del norte miraba hacia otro lado convencido de que el que trabaja en silencio no cuenta.

Mientras tanto, la hidra se devora a sí misma. Porque eso hacen los fascismos: prometen orden y producen caos, prometen grandeza y fabrican ruina, prometen muros y terminan encerrados. México ganará con la paciencia feroz de los que saben esperar. Con la memoria viva. Porque entiende que el verdadero territorio no se mide en kilómetros sino en generaciones.

La bestia no morirá, éstas nunca mueren del todo. Pero aprenderá algo que le dolerá más que cualquier derrota: que hay pueblos a los que no se puede someter, porque llevan siglos domándose a sí mismos. Resistir no es quedarse quieto. Es avanzar.

No pasarán. Que se oiga claro y fuerte.

POR DIEGO LATORRE LÓPEZ

@DIEGOLGPN

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