“Aquellos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo” George Santayana
Para poder entender lo que sucede hoy en Sinaloa, debemos poner la vista en su historia. El entramado de drogas, gobierno, injerencismo estadounidense y tensiones políticas binacionales no son algo nuevo.
Tendríamos que remontarnos a los años de la Revolución Mexicana, cuando inmigrantes chinos trabajaban en la construcción de ferrocarriles y traían consigo la planta de amapola. Dos décadas más tarde aquellos inmigrantes fueron perseguidos y asesinados por parte de autoridades locales, quedándose con sus negocios, incluido el de la producción de amapola. Posteriormente, quienes realizaron las plantaciones no fueron los campesinos, sino personas hacendadas y con poder político, sumando la goma de opio a sus actividades económicas.
Ya en la etapa final de la década de 1940, según el FBI, México -en particular Badiraguato y el ya llamado Triángulo Dorado- producía la mitad del consumo de la droga que consumía la población en Estados Unidos, por lo que lanzó la “gran campaña” para erradicar la siembra de productos ilícitos en el país. Después vinieron los años 60 y 70, donde México dejaba atrás a proveedores de Turquía y Francia para consolidar el mercado estadounidense, por lo que en su campaña, Richard Nixon, prometió una “guerra contra las drogas” y señaló a nuestro país como el principal territorio a combatir, y parte de este “combate” fue el cierre fronterizo vía terrestre y la imposición de aranceles a los productos mexicanos, durante el sexenio de Díaz Ordaz, quien prefirió la narrativa de la “cooperación”.
Como vemos, la historia de imbricación entre funcionarios, tráfico de drogas, presión de Washington y la tensión política solo ha cambiado de personajes y de intensidad desde hace un siglo. Es por esto que las acusaciones por parte de la Casa Blanca hacia el gobernador -ahora con licencia- de Sinaloa y otros nueve funcionarios, no es una sorpresa. Desde el 2021 existen investigaciones -además de lo dicho por Zambada- que apuntan a Rocha Moya y su vínculo con el Cártel de Sinaloa, ahora solo falta el descargo de pruebas, una posible extradición, evitar aranceles y, con esto, lograr distensar la relación entre Trump y Sheinbaum.
Así, la historia no debe echarse por la borda. Existen evidencias muy claras del bucle interminable en este mismo guion sinaloense y sus consecuencias para ambas naciones. La única manera de cambiar esta historia es la inteligencia en seguridad, cortar los circuitos políticos con organizaciones criminales, asegurar que las candidaturas estén libres de nexos con delincuentes y no lleguen jamás al ejercicio del poder. Es decir, un gran pacto entre partidos, gobiernos locales y federales, supervisión por parte de nuestras instituciones de procuración de justicia y, quizá, cooperación -clara y transparente- con el país vecino.
POR ADRIANA SARUR
COLABORADORA
@ASARUR
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