La ovación a BTS en el balcón de Palacio Nacional es un recordatorio útil. Cincuenta mil personas no llegaron al Zócalo por una causa colectiva, una conclusión científica ni una gráfica o nota técnica. Quienes esperaron por horas en la plaza mayor lo hicieron por emoción, pertenencia o deseo. La Presidenta Sheinbaum lo sabe. Los líderes populares lo entienden. Las marcas lo utilizan. La sociedad civil, sin embargo, parece ajena a este fenómeno.
Nos gusta creer que basta con tener razón. Que si el dato es sólido, la gente actuará o si el problema es grave, los gobiernos responderán. Pensamos que si el cambio climático ya alcanzó el estatus de crisis, se volverá prioridad pública por fuerza de la lógica. Pero las causas no pesan por ser verdaderas, sino porque conectan con los valores e impactan realidades de interés colectivo.
Por eso importa regresar al origen, en clave de Octavio Paz, conocer el imaginario social mexicano, identificar los valores que nos mueven, las diferencias que nos separan, y cómo una prioridad pública puede convertirse en demanda política. Desafortunadamente, en México no suele usarse evidencia empírica. Pocas organizaciones no gubernamentales destinan recursos a realizar encuestas para conocer a la sociedad. Y cuando éstas llegan a realizarse suelen ser en línea, sin representatividad estadística y sesgos evidentes.
En entorno a ti realizamos la primera Encuesta Nacional sobre Valores y Cambio Climático, y en los próximos meses realizaremos una segunda ronda. Los resultados del primer ejercicio fueron contundentes: Aún cuando 85% de las personas dice preocuparse por el cambio climático, sólo 33% estaría dispuesto a cambiar su estilo de vida para combatirlo; apenas 28% lo pondría por encima de la economía; y solo 8% considera las propuestas ambientales de los candidatos antes de votar.
La conclusión no debe sorprendernos. El ambientalismo ha hablado en un lenguaje que no alcanza a la mayoría. Habla de toneladas de CO2, metas climáticas globales y tratados internacionales. Todas cosas importantes, pero claramente insuficientes. La gente no vive en el mundo de la Conferencia de las Partes (ni la conocen ni la imaginan), vive en una casa, una colonia, un ejido, una comunidad; cuida a sus hijos; busca trabajo; teme por su seguridad; se preocupa por la salud de su familia; quiere pagar menos en su recibo de luz.
Si el ambientalismo no habla ese idioma común, continuará siendo minoritario. Eso exige hablar de agua, empleo, tierra, seguridad y orgullo nacional; no como adornos de la causa ambiental, sino como su centro político. Las energías renovables deberían enmarcarse, más alla de la reducción de emisiones, en un contexto de oportunidad económica, competitividad regional, empleo industrial y desarrollo rural. La gestión del agua debería enfrentarse como problema productivo en el sector agropecuario o acceso a servicios públicos. La pesca ilegal y la deforestación son un problema de crimen organizado, más responsabilidad de las agencias de seguridad que de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales.
México no necesita un ambientalismo más puro. Necesita uno más popular, más político, capaz de apelar al sentimiento colectivo, ganar votos, incidir en presupuestos y movilizar decisiones. La política pública puede estar bien pensada, pero solo será alcanzable si cuenta con apoyo político suficiente. La causa ambiental no va a triunfar porque tenga razón, sino porque cuente con una base social que tome acción basada en sus valores, emociones y visión de futuro.