Las niñas del caudillo boliviano

La escena boliviana produce escalofríos no sólo por lo que revela sobre Evo Morales, sino por lo que expone sobre la región entera. Territorios donde el Estado parece pedir permiso

Verónica Malo Guzmán / Tres en Raya / Opinión El Heraldo de México
Verónica Malo Guzmán / Tres en Raya / Opinión El Heraldo de México(El Heraldo de México)

Hay historias que abandonan el terreno de la nota roja para convertirse en radiografías del poder. La de Evo Morales ya no remite únicamente a la caída moral o judicial de un expresidente acusado de haber sostenido una relación con una menor de 15 años. Tampoco se reduce al espectáculo grotesco de un líder atrincherado entre bases campesinas que impiden a la policía acercarse a él. Lo que ocurre en Bolivia resulta más incómodo: la exhibición brutal de cómo, en ciertas regiones de América Latina, el poder político, las economías criminales y el control territorial terminan fundiéndose hasta volverse indistinguibles.

Evo no está escondido en una biblioteca. Está refugiado en el Chapare cocalero. Y ese detalle cambia toda la lectura del caso.

El Chapare no representa solamente una región agrícola o un bastión ideológico. Constituye un territorio donde la coca, la política, los liderazgos sindicales y las redes de protección mutua llevan décadas entrelazándose. Ahí conviven dos Estados: el formal y otro paralelo, comunitario, territorial, capaz de bloquear carreteras, impedir detenciones y decidir quién entra y quién no entra. Un laboratorio latinoamericano de soberanía fragmentada.

La imagen resulta demoledora: un expresidente acusado de trata protegido no por instituciones, sino por estructuras territoriales heredadas de años de poder político y control social. Miles de simpatizantes montando guardias para evitar su captura mientras lo que queda de justicia en ese país emite órdenes que nadie ejecuta. El mensaje de fondo no es jurídico; es territorial. Existen zonas donde la ley dejó de mandar hace tiempo.

Y cuando eso sucede, aparecen inevitablemente los cuerpos vulnerables como moneda de intercambio. Niñas. Mujeres. Jóvenes pobres. Familias enteras que descubren que acercarse al poder puede significar protección, dinero o supervivencia. El expediente contra Morales estremece precisamente por eso: la Fiscalía sostiene que los padres habrían consentido la relación a cambio de beneficios. El cuerpo de una menor negociado dentro de una estructura clientelar.

La trata en América Latina rara vez funciona como en las películas. No siempre hay cadenas ni camionetas clandestinas. A veces opera mediante mecanismos mucho más sofisticados: favores políticos, subsidios, dependencia económica, ascensos sociales mínimos y protección territorial. El crimen organizado moderno entendió hace tiempo que controlar comunidades resulta más rentable que aterrorizarlas permanentemente. Algunos liderazgos políticos también aprendieron la lección.

El viejo populismo latinoamericano prometía representar a “los pobres”. El nuevo caudillismo regional administra pobreza organizada. La transforma en músculo electoral, escudo judicial y aparato de movilización. De ahí la capacidad de ciertos líderes para sobrevivir incluso frente a acusaciones devastadoras. A su alrededor existe una red demasiado amplia de intereses compartidos, silencios útiles y lealtades territoriales.

La escena boliviana produce escalofríos no sólo por lo que revela sobre Evo Morales, sino por lo que expone sobre la región entera. Territorios donde el Estado parece pedir permiso. Redes donde sindicatos, operadores políticos, economías ilegales y cacicazgos locales terminan formando ecosistemas de protección mutua. Mundos donde nadie pregunta demasiado, ya que todos saben algo de todos.

El deterioro democrático rara vez aparece vestido de dictadura. Suele llegar disfrazado de causa popular, transformación histórica o justicia social. Primero se normalizan los liderazgos intocables. Después aparecen las regiones intocables. Finalmente surgen los pactos intocables.

Evo Morales representa hoy una paradoja latinoamericana profundamente perturbadora. Durante años fue presentado globalmente como símbolo de reivindicación indígena y resistencia popular. Y probablemente lo fue en parte. Sin embargo, América Latina posee una extraordinaria capacidad para convertir causas legítimas en mecanismos de impunidad personal. La épica social termina encapsulando dirigentes que comienzan a sentirse moralmente inmunes, como si haber encarnado una causa histórica les otorgara licencia para escapar de cualquier escrutinio posterior.

Ahí reside el verdadero peligro de los proyectos políticos mesiánicos. No únicamente en la concentración de poder, sino en la construcción de una moral selectiva donde ciertos personajes quedan automáticamente blindados por pertenecer al movimiento correcto. Los aliados incómodos se convierten en “compañeros”. Los operadores cuestionables pasan a ser “articuladores”. Los caciques regionales mutan en “puentes territoriales”. Y las denuncias delicadas terminan diluyéndose entre propaganda, polarización, justicia a modo y lealtades internas.

Mientras tanto, las redes reales de poder continúan operando debajo de la mesa: sindicatos opacos, territorios capturados, empresarios funcionales al régimen, operadores judiciales obedientes y grupos criminales que aprenden rápidamente a coexistir con el nuevo orden político.

El caso de Evo no debería leerse únicamente como el escándalo sexual de un viejo caudillo latinoamericano. La escena contiene algo más profundo y más oscuro: la imagen de una región donde la frontera entre poder político y estructura territorial criminal comienza a desdibujarse peligrosamente. Y donde las primeras víctimas suelen ser siempre las mismas: las niñas pobres, las mujeres invisibles y las comunidades atrapadas entre economías ilegales y lealtades políticas.

Tal vez por eso el caso resulta tan incómodo para cierta izquierda regional. Destruye la narrativa romántica del líder popular perseguido por las élites. Y exhibe algo mucho más inquietante: movimientos que terminaron construyendo sus propias oligarquías territoriales, sus propios mecanismos de silencio y sus propias formas de impunidad.

La pregunta de fondo no consiste en si Evo Morales caerá o no. La pregunta verdaderamente importante es cuántos sistemas políticos de la región dependen ya de ese mismo modelo: poder territorial, protección mutua y control social administrado desde lugares donde la ley dejó de ser completamente soberana.

Y ésa, más que una tragedia boliviana, empieza a parecer una enfermedad latinoamericana.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM

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