La cancillería ante el espejo

Más allá del perfil de Velasco, su nombramiento abre una conversación que el Servicio Exterior Mexicano lleva tiempo evadiendo: la del relevo generacional

Columna Invitada
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Rodrigo López Tovar / Columna Invitada / El Heraldo de México
Rodrigo López Tovar / Columna Invitada / El Heraldo de México(El Heraldo de México)

El Senado mexicano ratificó a Roberto Velasco Álvarez como nuevo titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores a principios de abril. Tiene 38 años. Es uno de los cancilleres más jóvenes en la historia reciente de México. Su designación provocó un predecible debate sobre su perfil y sobre quién debería ocupar el puesto.

La pregunta es legítima, pero también revela algo sobre cómo pensamos la diplomacia. Velasco tiene más de un sexenio de experiencia diplomática a alto nivel. Tras pasar los últimos años al frente de la relación con Estados Unidos y Canadá, la mayoría de la comentocracia considera que está bien preparado para lo que viene; sus críticos, por otra parte, cuestionan si tiene el bagaje suficiente. Más allá del perfil de Velasco, su nombramiento abre una conversación que el Servicio Exterior Mexicano lleva tiempo evadiendo: la del relevo generacional.

Hace unos días, el embajador Bruno Figueroa, que tiene casi cuatro décadas de experiencia diplomática, publicó un buen ensayo sobre el malestar que vive hoy la profesión. Figueroa describe un mundo que cambió más rápido que las instituciones, herramientas conceptuales que ya no alcanzan, una sensación creciente de desorientación ante nuevos actores, nuevos lenguajes, nuevas reglas. O la ausencia de ellas. Es el testimonio de alguien que conoció otra diplomacia y observa cómo esta se transforma, o se deshace, ante sus ojos.

El Servicio Exterior Mexicano tiene alrededor de mil cien miembros, una cantidad modesta para un país del tamaño de México y sus responsabilidades internacionales. De estos, menos de 10% ocupa rangos de embajador. El resto, la enorme mayoría, son diplomáticos de carrera en rangos medios e iniciales, muchos con menos de veinte años de servicio. En otras palabras, el gremio es, en buena medida, joven.

Para quienes llegamos al servicio exterior hace no mucho, el cambio que el embajador describe como ruptura es también drástico y confuso, pero no se siente abismal. Se siente como el punto de partida. La diplomacia pública y sin filtros, la competencia entre actores estatales y no estatales, la fragilidad del multilateralismo, la exigencia de lealtad política por encima de la profesional. Todo eso es el espacio en el que estamos aprendiendo a trabajar, no sin dificultad. Es, para algunos, el único que conocen.

El pesimismo (o realismo) de Figueroa es reconocible en nuestros superiores y no es exclusivo de México; otros servicios diplomáticos lo están enfrentando. La mayoría de los diplomáticos que dirigen las cancillerías ahora se formaron en los noventa, ayudaron a expandir la cooperación, las reglas comerciales y la globalización, todo lo que hoy está en duda. Los jóvenes diplomáticos aprendemos de mentores que a veces ya no se reconocen en el mundo que describen. Estos lideran a cuadros que lo viven de otra manera. Y entre ambos, falta diálogo.

El nombramiento de Velasco es, quizás, una oportunidad para tener esa conversación. Ser joven no garantiza nada, ni la experiencia acumulada es prescindible, pero coloca en el centro de la institución a alguien que tendrá que tender ese puente hacia adentro. Que en su comparecencia ante el Senado haya anunciado (y después confirmado en su primer mensaje ante el personal de la Secretaría) que convocará a un grupo de embajadores retirados para conversar sobre el futuro de la política exterior, es un buen inicio.

En esa misma comparecencia, el nuevo canciller afirmó que el orden internacional se enfrenta a una profunda reconfiguración que México asume con responsabilidad. El embajador Figueroa lo dice en su ensayo de otra forma: "la diplomacia no ha muerto; ya es otra". Quienes estamos adentro, ambas frases describen la tensión que vivimos a diario: un mundo distinto, un gremio que busca su lugar en él, y varias generaciones de diplomáticos que todavía no han encontrado el lenguaje común para pensarlo juntas.

POR RODRIGO LÓPEZ TOVAR
MIEMBRO DEL SERVICIO EXTERIOR MEXICANO DESDE EL 2015

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