La salud digestiva ha dejado de centrarse únicamente en el estómago, cada vez más investigaciones demuestran que la microbiota intestinal ese complejo ecosistema de bacterias, hongos y otros microorganismos que habita en el intestino, es determinante para la digestión, la salud metabólica, inmunológica e incluso neurológica.
Por ello, mantener el equilibrio intestinal resulta indispensable y depende de múltiples factores que, en conjunto, pueden favorecer o deteriorar este ecosistema interno.
Paulina Benítez, nutrióloga clínica, explicó a El Heraldo de México que la microbiota intestinal está formada por trillones de microorganismos que cumplen funciones vitales para la salud física y también mental.
Sin embargo, cada persona posee una microbiota diferente, así como las huellas digitales.
“Su composición empieza a definirse desde el nacimiento, influida, por ejemplo, si el parto fue natural o por cesárea, y esta evoluciona a lo largo de la vida. Cambia en la infancia, la adolescencia, la adultez y tiende a perder diversidad en la vejez.
“La microbiota es el centro de todo. Empezando porque nuestro cuerpo tiene más células de bacterias que células de ADN humano, es decir, somos una gigante bolsa de bacterias que son aliadas para cuidar de nuestra salud en general”, dijo.
De esta manera, la microbiota se vuelve un pilar del sistema inmunológico, ya que se estima que entre 70 y 80 por ciento de las defensas del cuerpo se encuentran en el intestino, por ello, muchos de los procesos inmunes comienzan ahí, no en otros órganos asociados con las defensas.
La especialista asegura que uno de los aspectos más fascinantes es la conexión entre el intestino y el cerebro.
“Existe una comunicación constante entre ambos órganos, conocida como eje intestino-cerebro. Lejos de ser un canal de una sola vía, la mayor parte de la información fluye desde el intestino hacia el cerebro”, expresó la especialista.
De hecho, alrededor de 90 por ciento de la serotonina, un neurotransmisor asociado con la calma y el bienestar, se produce en el intestino gracias a la actividad de la microbiota. Esta producción influye de manera significativa en la regulación del estado de ánimo y contribuye a la sensación de bienestar general de las personas.
Pero su influencia no termina en esa fase, la microbiota también regula el apetito y los antojos. Un desequilibrio en la composición bacteriana puede traducirse en deseos intensos por ciertos alimentos, especialmente azúcares refinados. Esto ocurre porque algunas bacterias demandan los nutrientes que necesitan para sobrevivir, generando señales afectan el comportamiento alimentario.
Sin embargo, cuando la microbiota se desequilibra, las consecuencias pueden repercutir no sólo en lo físico.
“Uno de los riesgos más relevantes es la hiperpermeabilidad intestinal. En condiciones normales, el intestino actúa como una barrera selectiva que permite el paso de nutrientes y bloquea sustancias nocivas”, reveló.
Al funcionar como un filtro de seguridad, cuando esta barrera se deteriora, pueden filtrarse toxinas, bacterias y partículas no deseadas en el torrente sanguíneo, desencadenando inflamación, alergias e incluso enfermedades autoinmunes.
Factores como el estrés crónico, la falta de sueño, el sedentarismo, el tabaquismo, el alcoholismo, la deshidratación y el consumo de alimentos ultraprocesados afectan negativamente la microbiota.
Señaló que mantener una microbiota intestinal equilibrada requiere una dieta rica en fibra, actividad física, consumo de probióticos, gestión del estrés y mejorar el sueño.
MAAZ