¿Espantasuegras?

La cultura popular ha construido durante décadas la figura de la suegra como antagonista por definición: celosa, controladora, entrometida

María Elena Esparza Guevara / Cuerpo y Alma / Opinión El Heraldo de México
María Elena Esparza Guevara / Cuerpo y Alma / Opinión El Heraldo de México(El Heraldo de México)

Entre broma y broma, la verdad se asoma. Eso dicen. Y en México se bromea mucho con la suegra tóxica.

El feminicidio de Carolina Flores Gómez, quien de acuerdo con un video viralizado la semana pasada, murió tras recibir disparos a manos de su suegra, nos obliga a mirar una arista poco nombrada de la violencia de género: aquella cometida por mujeres.

Hay canciones, chistes, parodias en redes sociales y hasta un juguete de fiesta sobre el conflicto normalizado entre suegras y nueras. Nos la pintan como una enemistad natural aunque es, en realidad, otra máscara del patriarcado. Mujeres enfrentadas por el amor de un hombre, en este caso el esposo o hijo. La cultura popular ha construido durante décadas la figura de la suegra como antagonista por definición: celosa, controladora, entrometida.

En Ola Violeta nos preguntamos de dónde viene ese estereotipo y, en ocasión del Día de las Madres, publicamos un reporte para desmenuzar el fenómeno desde una óptica de análisis social y cultural. En el video, cuando el esposo de Carolina le pregunta a su mamá qué hizo, ella responde “nada, me hizo enojar”. Luego le señala que era su familia y la hoy prófuga de la justicia es contundente: “Tú eres mío y ella te robó”.

Hay un término en la literatura psicológica para describir ese comportamiento en el cual una persona de la familia carece de coordenadas mentales para definir los límites en su relación con otra: enmeshment. Cuando se refiere a suegras, la American Psychological Association refiere celotipia en mujeres que se sienten las parejas de sus hijos y no pueden procesar el ser desplazadas de esa posición.

La estructura es tan antigua como los roles de género: el hombre como centro, las mujeres como satélites que orbitan en torno a él. No pelean entre sí porque sean incompatibles por naturaleza, sino porque el sistema las colocó ahí. En América Latina, ese sistema se conoce como marianismo; se concibe a la mujer como abnegada, sumisa, casta y sacrificada por su familia. A muchas mamás se les enseñó que su valor estaba en ser indispensables para su hijo. Cuando otra mujer llega a ocupar ese lugar, la amenaza se vuelve existencial.

El caso de Carolina Flores es extremo de una forma de violencia de género cotidiana e incómoda. Mientras sigamos contando el chiste de la suegra sin preguntarnos quién lo escribió y para qué, será imposible hacer conciencia sobre trastornos de salud mental que pueden llegar a un desenlace trágico. Y eso sí debería espantarnos a todas y todos.

POR MARÍA ELENA ESPARZA GUEVARA
@MAELENA ESPARZA

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