Comparecencia (in)voluntaria: violencia sexual y violencia burocrática

Un libro sobre cómo el aparato de justicia, lejos de construir verdad, les arrebata su voz a las víctimas

Carlos Bravo Regidor / Radar de libros / Opinión El Heraldo de México
Carlos Bravo Regidor / Radar de libros / Opinión El Heraldo de México(Especial)

Marisol García Walls (Ciudad de México, 1989) lee su declaración ministerial y se desconoce en ella. Lo que debería contener su testimonio le devuelve un discurso plano y aséptico: “La declaración que tengo entre mis manos está cooptada por una manera oficial de contar los hechos. ¿Dónde queda aquí mi voz?”. Comparecencia (in)voluntaria (U-Tópicas, 2025) se interna en ese extrañamiento: el documento creado para denunciar una violencia desemboca en otra, la de negarle el lenguaje para contar su propia experiencia.

La historia se origina en un acto de violencia sexual, pero el relato no se organiza en torno a él sino a lo que vino después –la policía, el expediente, los peritajes–. La autora escribe menos para detenerse en la agresión que para desenmarañar el artilugio burocrático que la traduce en archivo muerto. La búsqueda de reparación tergiversa el relato de la víctima; el mecanismo destinado a esclarecer el crimen la borra.

“Yo no pedí contar esta historia, pero ella se contó en mí”, dice García Walls. Esa inversión desplaza su escritura de la voluntad creativa a la necesidad de impugnar una doble imposición: primero sobre su cuerpo, después contra sus palabras. La suya es una prosa dislocada –frases sueltas, recuerdos, citas, digresiones, recortes– cuya falta de linealidad expresa la conmoción del trauma, la ausencia de una verdad a la cual ceñirse y la incapacidad de proyectar un horizonte de futuro. La justicia no es sólo el deber de administrar castigos; es también la posibilidad de preservar la memoria y de imaginar el porvenir.

Comparecencia (in)voluntaria, sin embargo, desconfía de la grandilocuencia terapéutica. Escribir, para su autora, ni borra lo ocurrido ni recupera lo perdido. Callar, sin embargo, es resignarse a la impunidad y el olvido. Tampoco acepta el prestigio de la retórica de lo inenarrable. Decir que algo no puede narrarse es dejarlo impune, al margen del lenguaje y a salvo de cualquier interpelación.

Catorce años después, García Walls volvió al lugar donde había declarado, ahora convertido en fiscalía especializada en delitos sexuales, y quiso leer un texto que quedara incorporado a su declaración. La escena revive, bajo otra luz, el fondo del conflicto: incluso cuando la víctima se empeña en restaurar sus palabras, la institución insiste en regularlas.

No puedo dejar de apuntar el contraste con otros libros sobre violencia sexual que he reseñado en este espacio, como Triste tigre (Neige Sinno) o Un himno a la vida (Gisèle Pelicot). En ambos, la justicia francesa no cura ni cancela el daño, pero funciona: investiga, prueba, sanciona, estabiliza. En el caso de García Walls, la justicia mexicana hace lo contrario. La autoridad que debía ordenar los hechos los vuelve ilegibles; la verdad jurídica que debía acoger a la víctima no aparece nunca. El libro cierra entonces con una segunda comparecencia donde ella no se hace justicia por propia mano, pero sí con su propia voz.

POR CARLOS BRAVO REGIDOR

COLABORADOR

@carlosbravoreg

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